lunes, 18 de agosto de 2014

Psychowanking #1

Leyendo La broma infinita no puedo evitar preguntarme por las contundentes y bipartidistas reacciones que esta novela provoca en todos aquellos que la leen e, incluso, en los que la abandonan al poco de empezarla: ¿de verdad les parece tan “aburrida” e “insoportable” y “complicada” a los segundos? ¿De verdad les ha encantado TANTÍSIMO a los que sí consiguieron —atención al verbo y al afán masturbatorio de aquellos lectores que se empeñan en leer mamotretos como si se tratara esto de la lectura de completar ocho miles, como si tuviera algo que ver la longitud de una novela o un cuento o un poema con su calidad, como si un cuadro de Velázquez fuera mejor que uno de Van Gogh por ser los del primero, además de mejores, claro, más hermosotes, más sanotes, etc.— terminarse la supuesta obra maestra de David Foster Wallace? Respecto a estos, los campeones: ¿no hay nadie que se la haya conseguido terminar —qué sé yo: motivado por un afán crítico de primer orden— y que le parezca una novela regulera, una novela de esas que “están bien”, un ejercicio notable o, directamente, una bazofia que no merece tantas páginas y tanto tiempo invertido en una sola obra —tiempo que obliga a dejar de lado a otras veinte mil no, pero sí trece obras maestras más cortitas, más sensatas para con la distribución del tiempo libre de los lectores del s. XXI— y, por tanto, una lectura decepcionante? Yo, miren, estoy seguro de que haberlos haylos: gentecilla que ya de antemano, en un 1995 en el que la frase de Hamlet todavía pertenecía a un solo autor, YA sabía que La broma infinita le iba a encantar porque, claro, era un tocho y estaba escrita por un académico depresivo estadounidense y venía de cierta tradición posmodernista norteamericana que, buah, era lo más, lo que había que leer, lo único serio de verdad que parecía haberse dado en la segunda mitad del siglo XX… y me fascinan estos lectores, qué le voy a hacer, a los que si les gusta El arco de iris de la gravedad también les gusta Los reconocimientos y también les gusta La broma infinita y también les gusta Submundo y que, bueno, qué coño, me parece que mienten más que hablan (¿no puede ser que a uno le guste más la obra de Pynchon que la obra de Wallace pero menos que la de DeLillo?, ¿tienen que estar todos juntitos en el podio, solo por jugar al mismo juego literario?) o, al menos, que son unos lectores limitadísimos si solo lo flipan con este tipo de obras (hay ciertas editoriales que parecen publicar solo esto, pero ese es otro —por comercial— tema) y no se dejan sorprender por, qué sé yo, una novela contemporánea de realismo social, una novela humorística, una novela política, etc., tan tan parecidos a esa raza de lectores a los que probablemente consideren sus antagonistas: los lectores de literatura de género que solo leen libros (y solo ven películas y solo compran cuadros y solo comen pastelitos) de terror o de aventuras o de ciencia ficción o de amor o de pollas en vinagre que sí, que están muy bien, seguro, que nada de malo en ellos, que además permiten a una persona tener un mundo propio muy trabajado y encaminar así su creatividad hacia un campo creativo muy fecundo, pero ¿no será que ustedes están más interesados en el lado oscuro/romántico/sexual/político/social/del ser humano que en la literatura y en la estética y en las características formales de una obra literaria? ¿No será que este hipotético lector de La broma infinita al que me refiero está más enamorado de sí mismo —y de hacerse el interesante, y de ser posmoderno— que de la literatura, y que lo que más le importa es pasar páginas hasta terminar un libro del que está deseando pregonar que le ha gustado?

En las redes sociales, a esto lo llaman postureo

Y que conste —cómo no, teniendo en cuenta que me lo pienso terminar— que a mí LBI me está encantando.

lunes, 28 de julio de 2014

NOvedades y abandonos #3

NOvedades


Excelente novela política que me reconcilia con un autor del que anteriormente solo había leído Los detectives salvajes (ese novelón irregular pero con preciosos —pienso sobre todo en el final de los dibujitos— pasajes de buena prosa poética) y que supone una fascinante indagación en el lado oscuro de un país (Chile, "ese árbol de Judas") en dictadura a través de la confesión alucinada y fantasmagórica de un excrítico literario del Opus Dei al que todas sus complicidades para con el régimen le pasan factura moral al final de sus días (interesantísima la relación entre intelectualidad y política que recoge esta novela por la que deambulan numerosos personajes reales como Pinochet y Neruda). Una fascinante "tormenta de mierda" (la novela en un principio se iba a titular así) escrita con maestría y originalidad —consta solo de dos párrafos, ¡y el segundo es solo una frase!— que por fin me hace entender la locura colectiva que todos sentís por el nombre de Roberto Bolaño.


La obra maestra que es la película de Forman se basó en esta obra de teatro de Peter Shaffer y esta en la ópera Mozart y Salieri de Rimsky-Korsakov, que a su vez tomaba inspiración de un drama en verso de Pushkin pero, eh, quietos paraos, nos quedamos con Shaffer y con esta maravillosa obra de teatro que es de lectura obligatoria para los amantes del oscarizado filme por eso de profundizar en algunos aspectos de la trama (aquí hay más monólogos de un Salieri mucho más blasfemo y enemistado con Dios, por ejemplo, y todo el asunto del asesinato se explicita mucho más) y por conocer en su origen esta historia de unilateral rivalidad artística entre el “patrón de los mediocres” y un Mozart fascinantemente “extravagante, caprichoso y despilfarrador”, personajes que ya han pasado a la memoria colectiva como dos ejemplos simbólicos de lo que es un genio y lo que es un wanna-be —que no es lo mismo— de genio. (Y por cierto, para los que aún no se han enterado: tanto la obra de teatro como la película no presentan el hecho del asesinato de Mozart a manos de Salieri como real: ¡todo sucede en una historia enmarcada en la confesión del segundo, personaje a punto de morir enloquecido!).


Este ha sido regalo de cumpleaños y me ha venido de perlas porque era el único libro que me quedaba por leer del genio del humor Miguel Noguera. Hervir un oso viene firmado por él y por un tal Jonathan Millán del que nunca había oído hablar —tampoco de la editorial, Belleza infinita, así de enterados estamos sobre ciertos submundos exquisitos de la edición— y presenta un formato muy diferente al de los libros de Noguera en Blackie Books (adiós a la tapa dura pero, eh, también al blanco y negro) aunque en él encontramos lo mismo de siempre: tontunas, ideas descabelladas, maestrías del pensamiento absurdo como una serie sobre Freud viviendo en la actualidad, pedos expulsados por las manos, la convivencia normalizada del demonio en la casa de El exorcista con el paso de los años, fantasmas que a pesar de su condición de espectros pueden darse coscorrones… así hasta el total de cincuenta ideas de las que únicamente no me ha gustado una —esa del aro de fango, que tenía demasiado texto y soy un gandul—, lo que hace otro libro excelente de uno de los mejores humoristas (y escritores, qué coño) del momento en nuestro país.



Abandonos


Trescientas páginas, que no son pocas, me he leído de la que para muchos —Harold Bloom sin ir más lejos, quien la considera una de las cuatro mejores novelas norteamericanas de la segunda mitad del s. XX— es la obra maestra de Philip Roth, un autor del que todo lo anterior que había leído (tampoco mucho, dos o tres libros siendo mi preferido El lamento de Portnoy) me había parecido excepcional. El teatro de Sabbath la escribiría su autor tras la muerte de dos buenos amigos —a los que está dedicada— y sintiéndose shakesperiano y viendo todo el asunto este de la vida humana como un continuo forcejeo entre la vida y la muerte —y el sexo como representante de la primera, como veis nada nuevo bajo el sol—, lo cual le hizo querer agrupar en un archivo de procesador de textos todas las reflexiones sobre el tema que le vinieran en mente, hilándolas alrededor de la vida ficcional de un carismático protagonista y haciendo que a una guarrada le sucediese otra hasta dar con quinientas páginas impresas (y llenas de guarradas) que bien podrían haber sido mil, dos mil o —venga, Roth, que tú puedes— cuarenta mil pero que en ningún momento dejan traslucir una mínima arquitectura literaria, una estructura a la que asir tanta reflexión erótico-trágico-festiva que logre dar el salto que vence el vacío inmenso que media entre unos sentimientos poderosos y unas reflexiones inteligentes y una obra de arte que con inteligencia y cuidado los recoja en un esqueleto narrativo meticulosamente planeado.


Decía todo el mundo que El mal de Montano era la mejor novela de Vila-Matas y resulta que no, que viene a ser una obra igual de decepcionante que casi todo lo que he leído de un autor que parece tocó techo en Bartleby y compañía y que después de esa (aún no he leído la supuestamente magnífica Historia abreviada de la literatura portátil) no ha hecho más que publicar libros con premisa irresistible para los ratones de biblioteca (en esta un protagonista enfermo de literatura, ¡cómo no caer!) pero también con un desarrollo aburridísimo que acaba por fastidiar las buenas ideas que le parecen sobrar a este señor (gracias a las cuales siempre le damos una nueva oportunidad). El caso es que El mal de Montano está dividido en varias partes y hasta la tercera me he llegado, lo cual ya me parece bastante porque estuve a punto de dejarlo varias veces en la primera de las divisiones, uno de los textos más tontos que he leído en mi vida (vampiros chilenos, viajes a las Azores, escritores ermitaños, taxistas malhumorados y yo qué sé qué más) y que solo parece tener sentido ficcional cuando en la segunda parte se nos dice que todo era mentira y que era una ficción que estaba escribiendo el narrador (omite el bueno de Vila-matas que era una mala ficción, con lo poco que le habría costado hacerlo). Esta segunda parte, que se titula “Diccionario del tímido amor a la vida” y que está formada más que nada por comentarios sobre los diarios de los tres o cuatro consabidos autores vila-matianos (autores que todo lector imbécil se apuntará y se leerá porque, eh, le gustan al escritor barcelonés más moderno) está sorprendentemente bien: tan bien que me decía a cada página que donde digo Diego decía Digo, digo… que me volvió a gustar El mal de Montano, leñe, y que me dio por pensar que lo que tendría que haber sido Vila-Matas es crítico literario y no novelista, optimismo este que se vino abajo cuando llegó la tercera parte en la que el lector es de nuevo arrojado al relato marco (con el escritor del libro de los diarios dando una teoría o una charla o no sé qué pijo en Budapest) y a las esposas femmes fatales y a las películas rancias —Vila-Matas nunca escoge del canon, ¡nunca!— y al hombre más feo del mundo (en serio: el personaje de Felipe Tongoy es una de las creaciones literarias más absurdas que he leído en mi vida) y ahí es donde Mike dice que doscientas y pico páginas ya son muchas páginas deambulando por el oscuro imaginario literario de Vila-Matas y que por lo menos de esta hemos sacado muchas citas guapas (ver abajo, al César lo que es del César) y que ya le volveremos a dar una oportunidad (“cómo no” dijo el masoquista) a un escritor del que no terminamos de entender su prestigio en las letras españolas.

lunes, 21 de julio de 2014

Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero; de Martin Rowson

La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, al ser una de las obras literarias más originales de todos los tiempos (en resumen: una biografía en nueve volúmenes que no va más allá del nacimiento de su protagonista), aún supone una magnética fuerza inspiradora para los creadores más punteros de nuestros días, los cuales reconocen en la dieciochesca novela de Laurence Sterne multitud de elementos técnicos y temáticos que no surgieron de la nada con el posmodernismo del siglo XX. Por ello, y porque ya el Tristram Shandy original incluía entre sus páginas multitud de recursos gráficos —por ejemplo el uso de varias tipografías o el bosquejo de los zigzagueantes hilos narrativos de la novela—, no nos debería extrañar que ahora llegue a las librerías españolas una nueva versión de la obra de Sterne, esta vez en forma de novela gráfica editada de forma lujosísima por la madrileña Impedimenta y firmada por el dibujante y caricaturista inglés Martin Rowson, quien se propone recoger los hallazgos que convierten a Tristram Shandy en una obra maestra de la inventiva literaria: sus innovaciones estéticas (aquí el personaje de Rowson y su perro se dan de bruces, literalmente, con la celebérrima página en negro de Sterne), su delirante sentido de la narrativa (digresiones argumentales a las que Rowson otorga o resta importancia según convenga), y, finalmente, el omnipresente tono satírico y burlón de Sterne, autor que, al igual que el personaje del párroco Yorick, “nunca podía abstenerse de hablar sin rodeos ni tampoco de concluir sus comentarios con una chanza” (ingenio este que en innumerables ocasiones deviene en un humor soez gracias al cual tenemos ahora en nuestras manos un cómic repleto, entre otras cosas, de miembros genitales de los más diversos tamaños y formas).

Sin embargo, Rowson no se limita a recoger con acierto la mayoría de las sorpresas literarias que el Tristram Shandy alberga en su interior. Por el contrario, el dibujante y escritor inglés realiza un acto de reimaginación de la historia shandiana y la colma de multitud de elementos novedosos, los cuales van desde la transformación de los narradores extradiegéticos en narradores intradiegéticos (los personajes de Tristram Shandy o Martin Rowson campando a sus anchas por las páginas de un cómic en el que como productores no deberían participar), reinvenciones de la novela a modo de intertextualidades contemporáneas (o lo que es lo mismo, adaptaciones del Tristram Shandy según la mirada artística de creadores tan variopintos como D. H. Lawrence, Martin Amis u Oliver Stone), diversas ocurrencias metaficcionales (¿conocen algún libro que incluya su propia digitalización en una de sus páginas? ¡Aquí lo tienen!) y, en definitiva, un sinfín de inventivas que, además de implicar momentos de pura genialidad —páginas como la del derrumbamiento de viñetas a manos de un grupo de deconstruccionistas franceses se clavarán en la retina intelectual del lector—, son meritorias de haber añadido una capa de complejidad a una obra ya de por sí tan inteligente como lo es la novela de Sterne. 

La página final de este cómic nos muestra al personaje de Tristram como pintor que contempla un cuadro en el que aparece dibujado el propio Martin Rowson, y esta viñeta tan cargada de humildad nos explica sin la mediación de una sola palabra el significado último de la relevante novela gráfica que habremos terminado de leer: si la moraleja de la novela de Sterne se podía resumir en que la realidad es demasiado compleja como para ser abarcada a través de la literatura en general y la forma novelesca en particular, el mensaje que nos quiere transmitir Rowson es que Tristram Shandy es una obra tan moderna, tan radical y original, que se resiste a ser comprimida en cualquier clase de adaptación, estudio o aproximación contemporáneos. Pero no importa: a pesar de que, como dice uno de los personajes del libro, “la maldita historia sea imposible de adaptar”, este Tristram Shandy gráfico es una obra maestra y una fidedigna adaptación de una de las mejores y más divertidas novelas que se hayan escrito jamás.

[Reseña publicada en el número de julio de la revista Quimera]

lunes, 14 de julio de 2014

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

Imaginaos que dentro de unos siglos una versión adaptada de American Psycho es leída y disfrutada por todos los niños del planeta. Imaginaos que adaptaciones cinematográficas para infantes de La naranja mecánica son televisadas una y otra vez en la parrilla de las sobremesas veraniegas del futuro. Imaginaos que se empiezan a construir miles de parques infantiles inspirados en Memorias del subsuelo que te invitan a sumergirte en la mente de su narrador… Pues así con Los viajes de Gulliver, novela dieciochesca que se me antoja una de las cimas de la misantropía literaria de todos los tiempos pero con la cual, por esa razón tan superficial como es su condición de antecedente de lo que hoy denominamos ciencia ficción, nos hemos criado todo hijo de vecino cuando aún estábamos en edad de chuparnos el pulgar, cosa bárbara si tenemos en cuenta que lo que pretendió Swift con esta su obra maestra fue precisamente poner a caldo a toda la raza humana tirando de la sátira más cruel —aquella que tenía por figura paterna a Menipo de Gadara— y dando muestras de un desprecio sin parangón hacia la condición humana. Así, cada uno de los cuatro viajes del divertidísimo y pasota protagonista y narrador de la novela (al diminuto Liliput, al gigantesco Brobdingnag, a la aireada Laputa —este con rodeo por Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y Japón— y a la caballuna tierra de los houyhnhnms) están centrados en atacar un grupo específico de lacras morales de los contemporáneos de un Jonathan Swift que además de escritor fue clérigo, una profesión esta última que todo autor satírico —y por tanto, moralista— de valía lleva consigo en su interior. Ya nos retraten como “la raza de bichillos detestables más perniciosa que la naturaleza haya nunca permitido que se arrastre por la faz de la tierra”, ya como los "animales más indóciles, perversos y malignos”, la verdad es que cualquiera de los fantásticos seres con los que se encuentra Gulliver en sus periplos nos pega mil patadas a los seres humanos en cuanto a humanidad, raciocinio y belleza (y los que no lo hacen —como es el caso de los absurdos laputienses— son precisamente una sátira a nuestra imagen y semejanza), aunque sin duda los que mejor salen parados en el libro son los houyhnhnms, es decir, los caballos protagonistas de la cuarta parte del libro, sin duda una de las experiencias lectoras más disfrutablemente hirientes para con los de mi especie —en la novela los yahoo—  que he leído en mi vida:

«Le expresé la desazón que me causaba oírle designarme tan a menudo con el nombre de yahoo, un repugnante animal por el que yo sentía el odio y el desprecio más absolutos. Le encarecí que se abstuviera de aplicarme aquella denominación y diese la misma orden a su familia y a los amigos a quienes permitía visitarme».

Maravillosa edición ilustrada (por Javier Sáez Castán) la de Sexto Piso























La novela también tiene mucho de parodia de la literatura de viajes que tan en boga estaba en el siglo XVIII —de hecho, se supone que el origen de la obra hay que buscarlo en un club de escritores que se dedicaban a mofarse de los géneros literarios populares en su época, tocándole a Swift el practicado por literatos trotamundos— y el autor va esparciendo por aquí y por allá diversas pullas a este tipo de libros a los que considera repletos de mentiras (la fantasía en Los viajes de Gulliver es de hecho un ataque a estas exageraciones expedicionarias) y escritos desde la más terrible de las vanidades terrenales, por lo que encontramos en este cervantino texto una doble finalidad satírica y didáctica: la de reírse de cierto tipo de literatura que el autor considera perniciosa para la inteligencia de sus coetáneos y la de exponer con un humor brillante, humano —a Swift le dolemos y le preocupamos, por eso escribe sobre nosotros aunque sea para dejarnos malparados— y cruelmente amargo los infinitos vicios espirituales, intelectuales y estéticos de esta raza tan degenerada que viene a ser el ser humano.

Una obra maestra, claro.

lunes, 7 de julio de 2014

Alabanza, de Alberto Olmos

De Olmos he ido picoteando por aquí y por allá (había leído Ejército enemigo, El talento de los demás, Vida y opiniones de Juan Mal-herido y A bordo del naufragio, en ese orden) y, salvo con su primera novela y el compendio de críticas malhechoras —ambos estupendos—, siempre me había faltado algo (en uno la falta de estructura, en otro más libertad argumental, en un tercero más frescura en el tratamiento de las ideas) para que al devolver los libros a la estantería tuviera la impresión de encontrarme ante una literatura tan excelente como lo es la de sus múltiples y fecundos blogs, a los cuales un servidor es tan adicto como un gordo al chocolate. Pero eso, como digo, era antes…, antes de la publicación de Alabanza, una novela, bien es cierto, que ya desde su premisa lo tenía todo para atraerme como mosca a una mierda bolsa de agua de puerta de casa de pueblo, a saber: ruralidad (uno de mis libros favoritos es Winesburg, Ohio, no digo más), cierto misterio (lo relativo al tema del incendio de una iglesia) y cierto aroma a metaficcionalidad (el protagonista es un escritor… y esto en un libro SIEMPRE significa algo). 

Vamos, que Olmos estuvo muy espabilado al escribir el texto de contraportada de su novela, y que estos tres puntos de arriba me van a servir para estructurar una reseña para la que he tomado, como siempre, demasiadas e innecesarias notas:

Pueblo

No voy a repetir aquello de que en España solo se publican libros ambientados en Madrid y Barcelona porque ya no es verdad. Últimamente vivimos un auténtico revival de lo rural y eso estaría muy bien si no fuera porque la mayoría de los pueblos de las novelas de esta corriente apestan a los tópicos rurales más rancios y manidos, y por tanto falsos, de lo que la ficción televisiva —esas series de TVE…— nos ha hecho creer que tenía que ser un pueblo (uno entiende esto cuando ve en las solapas de los libros de este movimiento que sus autores han vivido toda la vida, precisamente, en ciudad). A Olmos, que sí que es de pueblo, esto le da mucha rabia ("qué asco" suelta el protagonista de Alabanza en un pasaje en el que se reflexiona sobre este tipo de literatura) y por tanto se propone con esta novela hacer algo así como una "alabanza de aldea, menosprecio de corte", de ahí el título. Para ello coge su Fuentepelayo natal (sin topónimo ficcional, pero con un delator arroyo Malucas que ya salía en A bordo del naufragio) y, tras vencer su probable reluctancia a escribir una novela rural ("Qué asco. Qué antiguo. Quién leerá" se dice su alter ego literario), erige a lo largo de casi 400 páginas un pueblo fantasmagórico y prácticamente abandonado que, finalmente, tampoco resulta ser realista porque es un pueblo del 2019 y claramente más distópico de lo que cualquier Navas de Oro o Navalmanzano pueda parecerle a cualquier dominguero que se pasee por ellos este verano. Por tanto, este pueblo es un pueblo de cuento —a lo Región, a lo Comala— que no está llamado a ganar el Premio al Pueblo Más Realista del Año, pero ni falta que hace, porque es precisamente desde su desoladora y funesta confección desde donde Olmos puede entonar su particular cántico —elegíaco, claro— en homenaje a ese universo rural que no tiene nada que envidiar en misterio y en fuerza inspiradora a las más grandes —como si aquí en España tuviéramos de eso— ciudades de nuestro país. 

Literatura

Olmos, que se suele quejar bastante en las reseñas de su blog de la autoficción y la metaficción, se ha empecinado en decir por aquí y por allá que el hecho de que el protagonista de Alabanza sea un escritor no importa en absoluto a la hora de leer la novela… y bien: esto no es cierto. No solo Sebastian (excelente idea la ausencia de tilde, aunque hay que leer la novela para entender esto) es un trasunto claro del propio autor segoviano (¿quién no lo va a ver en este autor ficcional que, entre muchas otras cosas, se queja de tener solo quinientos lectores, que es aficionado al ajedrez o que está enfrentado a muerte con un crítico literario llamado Ignacio Echevarría Roberto Alamañac?) sino que este personaje es utilizado por Olmos para poner en su boca un sinfín de acertadísimas reflexiones sobre lo que más le preocupa en el mundo al autor segoviano: la literatura contemporánea. Así, Sebastian se pasará más de media novela reflexionando sobre el sistema literario y editorial de principios de siglo, esas prácticas que hicieron que la literatura de verdad desapareciera hacia un 2013 que quizás los de Literatura Random House podrían haber cambiado por 2014 en un último momento. En este cúmulo de cavilaciones entran las pullas a los escritores profesionalmente de izquierdas, al amiguismo y mamoneo del sector editorial, a la pobreza y falta de ambición de los escritores del momento y un largo etcétera que básicamente viene a ser lo mejor de Alabanza y que la convierten en un buen documento histórico para saber cómo era el mundo editorial de nuestra época para los lectores —si es que aún quedan— del futuro. 

Argumento

Imagino que Alabanza es el intento de Olmos, después de una Ejército enemigo a la que le sobraban bastantes giros de género negro, de escribir una novela al modo de su idolatrado Javier Marías, con sus reflexiones bien escritas (en el caso de Marías, muchos no lo tenemos tan claro) y su fluir de los párrafos como única base sustentadora de los ¿750 gramos? que pesará el libro. En efecto, casi toda la novela se basa en las meditaciones individuales de Sebastian y Claudia, la pareja protagonista de la novela que se ha ido de la ciudad al pueblo buscando salvar su maltrecha relación y esperando que él consiga escribir una colección de relatos, y estas son muy interesantes y están escritas con una prosa elegante y muy cuidada. Sin embargo, la diferencia generacional se nota y Olmos no puede dejar de introducir algunos elementos argumentales que, dosificados con maestría, dotan de un gran suspense a las páginas de Alabanza. Poco puedo hablar de todas estas sorpresas que esperan en el camino al lector de la novela, porque incurriría sin alguna duda en los temidos spoilers (aún me estoy haciendo una idea sobre si esta tendencia de nuestra sociedad contemporánea a la sobreprotección argumental es algo loable o sumamente infantil), pero sí que debo dejar constancia de que a partir de cierto punto Alabanza se lee como si fuera un page-turner bestsellero, todo gracias a la presencia de sutiles pero efectivos giros argumentales que Olmos esparce inteligentemente (aunque alguno finalmente haga que la novela cojee un poco, especialmente en un tramo final donde el lector no comprenderá al cien por cien alguna que otra reacción de Sebastian). 

Vamos, que no se asusten porque crean que todo son (excelentes) pajas mentales en la novela, que aquí también hay de eso que popularmente se conoce como argumento

Sebastian Alberto Olmos Bel, pa' serviros


















Una novela que comienza con la frase "No estoy enamorado de ti" también va de amor, claro está, y de la necesidad de analizar qué nos lleva a quedarnos con una persona en lugar de con otra de las muchas que pueden haber pasado por la vida de uno. "Antes contaba ovejas, antes dormía bien; hoy solo cuento amantes saltando a las vías del tren" canta Nacho Vegas en su último disco y esto es lo que le ocurre a un Sebastian que intenta poner por escrito sus relaciones amorosas barra sexuales del pasado en lo que podría ser su vuelta al relato corto de calidad. La terrible tensión que se produce entre los dos protagonistas a mí me recuerda a historias tan románticas como las de bellas películas como El resplandor (esa terrorífica incomunicación que produce el acto de escribir, ese estar y no estar del que está frente al teclado) y Anticristo ("El caos reinó" se dice en la página 326) y esto está bien porque no podía ser todo rosa y cursi en una descreída novela que da vueltas una y otra vez a la inteligente y muy literaria idea de que el amor es una ficción que necesitamos contarnos para seguir viviendo.


Bueno, que esto se alarga: Alabanza no es solo la novela que más me haya gustado de Alberto Olmos, sino la que más le va a gustar a todo el mundo que tenga dos dedos de frente por ser una novela rotunda, profunda, muy bien escrita y, eso era lo que intentaba expresar con esta crítica, muy muy completita y equilibrada en cuanto a ciertas dualidades fundamentales para con la práctica del ejercicio literario. Además, y por mucho que Olmos sepa a la perfección cuántos lectores necesita para considerarse escritor, la muy cabrona tiene párrafos como este…

«Y pensó también que quizá la literatura no había muerto, no había sido destruida, sino que sólo estaba replegada, acogida en el regazo de un lector único para un único escritor, que tenía algo importante que decirle». 

… que a los lectores de bien —es decir, a los que nos reunimos por estos rincones de internet— nos hacen soltar una lagrimita a la vez que nos dejan claro que Alabanza es precisamente eso, un cántico laudatorio, pero no solo a las pequeñas poblaciones, sino también al ¿cada vez más abandonado? arte literario. 

lunes, 30 de junio de 2014

Nuestras guerras: relatos sobre los conflictos vascos, de VV. AA.

ETA

Bastan estas tres siglas para que a cualquier hijo de vecino le hierva la sangre y se crea con derecho a pregonar su opinión sobre un asunto tan fascinante y aterrador como es el del conflicto vasco de las últimas décadas. 

Pero para eso ya están los bares de la esquina y las redes sociales…

Para los demás, para los que no estamos tan interesados en valorar la realidad como en (intentar) comprenderla, están los libros. ¿El problema con toda literatura política sobre un tema tan potente como este? La subjetividad.

Por ello, la alegría ante una antología como la que publicó hace unos meses Lengua de Trapo, ya que solo desde la pluralidad de voces, opiniones, planteamientos y estilos podrá acercarse el lector a una visión un poco más "objetiva" que la de aquellas formas artísticas que, aun pareciéndoles muy oportunas al adolescente de txosna y al señorito madrileño, únicamente se limitan a poner por escrito los manidos y preestablecidos discursos de las formaciones políticas más extremistas de nuestro país. 

Pero bueno, qué coñazo… Vamos con los relatos del libro, que este blog a día de hoy aún sigue yendo de literatura. 





















Nuestras guerras arranca con un relato del culpable —me leí Obaba, aquel tostón de prosa decimonónica— de que al oír literatura vasca siempre haya pensado en vacas pastando con una ikurriña al fondo: Bernardo Atxaga. "El primer americano de Obaba" no se diferencia excesivamente de su novela más famosa y en este relato ambientado al comienzo de la Guerra Civil nos hayamos ante la tópica historia de pueblo de antes (ya saben: maestro republicano, alcalde corrupto, cura chivato, forastero progresista, etc.) que podría servir de base para cualquier capítulo de El secreto de Puente Viejo. La cosa no mejora con los dos siguientes relatos de Inazio Mujika Iraola y Ramon Saizarbitoria: En "Dos piedras" encontramos una historia un tanto peliculera y efectista sobre una mítica pareja de combatientes de la lucha vasca predemocrática y en "El huerto de nuestros mayores" (¡54 páginas!) el lector pondrá a prueba su paciencia ante una adormecedora y patriótica crónica historiográfica sobre los huesos —que ya ves qué nos pueden importar— de Sabino Arana. ¿Por qué estos relatos no funcionan destro de esta antología? Uno: no van de ETA, y al lector es la banda terrorista la que le pone cachondo. Dos: están escritos en el s. XXI pero como si no lo estuvieran, ya que sus intereses temáticos y formales están anclados en el pasado en el que se ambientan sus historias. 

Pero a partir de aquí es cuando la cosa mejora y, salvo alguna excepción, la calidad de los relatos que siguen es notable y de muy diferenciado sabor. Tenemos cuentos realistas de autores fascinados con la figura del etarra en los que se palpa la pesadilla y la paranoia de una vida consagrada al terrorismo como son "Silencios" de Jokin Muñoz (en el que la crisis matrimonial entre una pareja de abertzales de mediana edad —atemorizados por la posible muerte de su hijo— simboliza la ruptura dentro de la sociedad vasca) y "Actualidad política" de Eider Rodríguez (donde la narradora, novia de un etarra, nos brinda uno de los relatos más experimentales y agrios de esta antología); relatos tontísimos como "Heredera" del músico Xabier Montoia (una pueril fantasía de adolescente pajillero por la cual el familiar de etarras pobre se acaba tirando a la mujer e hija del contrabandista de drogas españolista y rico) o "Cinco meses, como máximo" de Arantxa Iturbe (cortísima anécdota sobre un malentendido epistolar que podría ir sobre ETA como de Bárcenas en la cárcel); piezas originalísimas como "Guerras civiles" de Iban Zaldua (escrito como un diario de la Guerra Civil con pasmoso final a lo Shyamalan y con una visión un tanto irónica sobre una banda armada anacrónica para con la democracia) o "La condena del tiempo" de Joseba Gabilondo (sobre un etarra al que persigue la policía y la propia banda que acaba convertido en el conquistador Lope de Aguirre en un retorno al pasado propio de una diabólica condena por su idealismo violento); relatos mínimos e intimistas como "Recuerdos" de Karmele Jaio (un relato que no aporta mucho desde el punto de vista político pero que destila verosimilitud en sus páginas y que va sobre un preso que tras dieciséis años en la cárcel se encuentra con una amiga que no se enteró de que estaba en ella, lo cual le brinda la ilusión de comenzar de cero) y por último, y merecen mención aparte, los humorísticos, sin duda los mejores de todo el libro quizás por el distanciamiento —sinónimo de inteligencia— al que obliga la comedia. Son tres y van todos seguidos, empezando por "Ficción, solo ficción y nada más que ficción" de Harkaitz Cano (brillante y delirante ejercicio metaficcional —supongo que inspirado en "Continuidad de los parques" de Cortázar— en el que un etarra prófugo se refugia en un club de lectura en el que se lee, precisamente, El fugitivo de Ramón J. Sender, situación que da pie a una agudísima sátira sobre la literatura de entretenimiento y a una defensa de la literatura de calidad como fuerza desestabilizadora de rancias creencias personales), continuando con "Dos cartas a la posteridad (La Literatura y la Historia)" de Ur Apalategui (un relato también excelente sobre un mediocre escritor en euskera que, deseoso por triunfar y sabedor del prestigio de la literatura comprometida, no dudará en llegar a cometer acciones terroristas basadas en sus novelas para que así estas cobren relevancia literaria) y terminando con "El tipo" de Aingeru Epaltza (un relato comiquísimo pero de final muy humano sobre un padre que tiene problemas con todos los novios de su hija, representantes de todos los estereotipos políticos —el pijo pepero, el perroflauta abertzale— que parecen formar la juventud vasca).

Os presento a AITOR, EL VASCO LECTOR


















Se agradece al antólogo Mikel Ayerbe el que nos brinde la oportunidad de acercarnos al universo del conflicto vasco desde un criterio literario en el que se nota que la calidad artística —y no el mensaje político— ha sido el principio de inclusión. Leer este conjunto de relatos ambientados en tierra "tan verde por fuera, tan oscura por dentro" (a veces Atxaga tiene sus momentos) es una forma mucho más inteligente de pasar el tiempo que con las columnas del ABC o el Gara, El gato al agua o La tuerka, canciones de Fermín Muguruza o discursos de la AVT… si es que a uno lo que le interesa es perseguir aquella entelequia tan necesaria que es la verdad y no recibir simplificaciones que agraden los tímpanos de sus ya convencidos oídos. ¿Quién decía aquello de que la literatura era "noticias que no son noticia"? Pues eso se nota en Nuestras guerras, conjunto de relatos que tienen su punto de mira puesto en el intento de dilucidar una realidad complicada mediante la preocupación por el ser humano —lo único eterno en nuestro mundo— y no mediante la defensa de determinadas ideologías, colectivos y pueblos o justicias anacrónicas y actitudes violentas imposibles de justificar. 

Porque para toda esa mierda ya está la tertulia de todas las mañanas en el Bar Joseba 2 o la discusión política de altura en vuestras cuentas de Facebook… y participar en cualquiera de las dos no cuesta los 18.72 euros que el librero nos pedirá por esta antología.