lunes, 21 de julio de 2014

Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero; de Martin Rowson

La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, al ser una de las obras literarias más originales de todos los tiempos (en resumen: una biografía en nueve volúmenes que no va más allá del nacimiento de su protagonista), aún supone una magnética fuerza inspiradora para los creadores más punteros de nuestros días, los cuales reconocen en la dieciochesca novela de Laurence Sterne multitud de elementos técnicos y temáticos que no surgieron de la nada con el posmodernismo del siglo XX. Por ello, y porque ya el Tristram Shandy original incluía entre sus páginas multitud de recursos gráficos —por ejemplo el uso de varias tipografías o el bosquejo de los zigzagueantes hilos narrativos de la novela—, no nos debería extrañar que ahora llegue a las librerías españolas una nueva versión de la obra de Sterne, esta vez en forma de novela gráfica editada de forma lujosísima por la madrileña Impedimenta y firmada por el dibujante y caricaturista inglés Martin Rowson, quien se propone recoger los hallazgos que convierten a Tristram Shandy en una obra maestra de la inventiva literaria: sus innovaciones estéticas (aquí el personaje de Rowson y su perro se dan de bruces, literalmente, con la celebérrima página en negro de Sterne), su delirante sentido de la narrativa (digresiones argumentales a las que Rowson otorga o resta importancia según convenga), y, finalmente, el omnipresente tono satírico y burlón de Sterne, autor que, al igual que el personaje del párroco Yorick, “nunca podía abstenerse de hablar sin rodeos ni tampoco de concluir sus comentarios con una chanza” (ingenio este que en innumerables ocasiones deviene en un humor soez gracias al cual tenemos ahora en nuestras manos un cómic repleto, entre otras cosas, de miembros genitales de los más diversos tamaños y formas).

Sin embargo, Rowson no se limita a recoger con acierto la mayoría de las sorpresas literarias que el Tristram Shandy alberga en su interior. Por el contrario, el dibujante y escritor inglés realiza un acto de reimaginación de la historia shandiana y la colma de multitud de elementos novedosos, los cuales van desde la transformación de los narradores extradiegéticos en narradores intradiegéticos (los personajes de Tristram Shandy o Martin Rowson campando a sus anchas por las páginas de un cómic en el que como productores no deberían participar), reinvenciones de la novela a modo de intertextualidades contemporáneas (o lo que es lo mismo, adaptaciones del Tristram Shandy según la mirada artística de creadores tan variopintos como D. H. Lawrence, Martin Amis u Oliver Stone), diversas ocurrencias metaficcionales (¿conocen algún libro que incluya su propia digitalización en una de sus páginas? ¡Aquí lo tienen!) y, en definitiva, un sinfín de inventivas que, además de implicar momentos de pura genialidad —páginas como la del derrumbamiento de viñetas a manos de un grupo de deconstruccionistas franceses se clavarán en la retina intelectual del lector—, son meritorias de haber añadido una capa de complejidad a una obra ya de por sí tan inteligente como lo es la novela de Sterne. 

La página final de este cómic nos muestra al personaje de Tristram como pintor que contempla un cuadro en el que aparece dibujado el propio Martin Rowson, y esta viñeta tan cargada de humildad nos explica sin la mediación de una sola palabra el significado último de la relevante novela gráfica que habremos terminado de leer: si la moraleja de la novela de Sterne se podía resumir en que la realidad es demasiado compleja como para ser abarcada a través de la literatura en general y la forma novelesca en particular, el mensaje que nos quiere transmitir Rowson es que Tristram Shandy es una obra tan moderna, tan radical y original, que se resiste a ser comprimida en cualquier clase de adaptación, estudio o aproximación contemporáneos. Pero no importa: a pesar de que, como dice uno de los personajes del libro, “la maldita historia sea imposible de adaptar”, este Tristram Shandy gráfico es una obra maestra y una fidedigna adaptación de una de las mejores y más divertidas novelas que se hayan escrito jamás.

[Reseña publicada en el número de julio de la revista Quimera]

lunes, 14 de julio de 2014

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

Imaginaos que dentro de unos siglos una versión adaptada de American Psycho es leída y disfrutada por todos los niños del planeta. Imaginaos que adaptaciones cinematográficas para infantes de La naranja mecánica son televisadas una y otra vez en la parrilla de las sobremesas veraniegas del futuro. Imaginaos que se empiezan a construir miles de parques infantiles inspirados en Memorias del subsuelo que te invitan a sumergirte en la mente de su narrador… Pues así con Los viajes de Gulliver, novela dieciochesca que se me antoja una de las cimas de la misantropía literaria de todos los tiempos pero con la cual, por esa razón tan superficial como es su condición de antecedente de lo que hoy denominamos ciencia ficción, nos hemos criado todo hijo de vecino cuando aún estábamos en edad de chuparnos el pulgar, cosa bárbara si tenemos en cuenta que lo que pretendió Swift con esta su obra maestra fue precisamente poner a caldo a toda la raza humana tirando de la sátira más cruel —aquella que tenía por figura paterna a Menipo de Gadara— y dando muestras de un desprecio sin parangón hacia la condición humana. Así, cada uno de los cuatro viajes del divertidísimo y pasota protagonista y narrador de la novela (al diminuto Liliput, al gigantesco Brobdingnag, a la aireada Laputa —este con rodeo por Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y Japón— y a la caballuna tierra de los houyhnhnms) están centrados en atacar un grupo específico de lacras morales de los contemporáneos de un Jonathan Swift que además de escritor fue clérigo, una profesión esta última que todo autor satírico —y por tanto, moralista— de valía lleva consigo en su interior. Ya nos retraten como “la raza de bichillos detestables más perniciosa que la naturaleza haya nunca permitido que se arrastre por la faz de la tierra”, ya como los "animales más indóciles, perversos y malignos”, la verdad es que cualquiera de los fantásticos seres con los que se encuentra Gulliver en sus periplos nos pega mil patadas a los seres humanos en cuanto a humanidad, raciocinio y belleza (y los que no lo hacen —como es el caso de los absurdos laputienses— son precisamente una sátira a nuestra imagen y semejanza), aunque sin duda los que mejor salen parados en el libro son los houyhnhnms, es decir, los caballos protagonistas de la cuarta parte del libro, sin duda una de las experiencias lectoras más disfrutablemente hirientes para con los de mi especie —en la novela los yahoo—  que he leído en mi vida:

«Le expresé la desazón que me causaba oírle designarme tan a menudo con el nombre de yahoo, un repugnante animal por el que yo sentía el odio y el desprecio más absolutos. Le encarecí que se abstuviera de aplicarme aquella denominación y diese la misma orden a su familia y a los amigos a quienes permitía visitarme».

Maravillosa edición ilustrada (por Javier Sáez Castán) la de Sexto Piso























La novela también tiene mucho de parodia de la literatura de viajes que tan en boga estaba en el siglo XVIII —de hecho, se supone que el origen de la obra hay que buscarlo en un club de escritores que se dedicaban a mofarse de los géneros literarios populares en su época, tocándole a Swift el practicado por literatos trotamundos— y el autor va esparciendo por aquí y por allá diversas pullas a este tipo de libros a los que considera repletos de mentiras (la fantasía en Los viajes de Gulliver es de hecho un ataque a estas exageraciones expedicionarias) y escritos desde la más terrible de las vanidades terrenales, por lo que encontramos en este cervantino texto una doble finalidad satírica y didáctica: la de reírse de cierto tipo de literatura que el autor considera perniciosa para la inteligencia de sus coetáneos y la de exponer con un humor brillante, humano —a Swift le dolemos y le preocupamos, por eso escribe sobre nosotros aunque sea para dejarnos malparados— y cruelmente amargo los infinitos vicios espirituales, intelectuales y estéticos de esta raza tan degenerada que viene a ser el ser humano.

Una obra maestra, claro.

lunes, 7 de julio de 2014

Alabanza, de Alberto Olmos

De Olmos he ido picoteando por aquí y por allá (había leído Ejército enemigo, El talento de los demás, Vida y opiniones de Juan Mal-herido y A bordo del naufragio, en ese orden) y, salvo con su primera novela y el compendio de críticas malhechoras —ambos estupendos—, siempre me había faltado algo (en uno la falta de estructura, en otro más libertad argumental, en un tercero más frescura en el tratamiento de las ideas) para que al devolver los libros a la estantería tuviera la impresión de encontrarme ante una literatura tan excelente como lo es la de sus múltiples y fecundos blogs, a los cuales un servidor es tan adicto como un gordo al chocolate. Pero eso, como digo, era antes…, antes de la publicación de Alabanza, una novela, bien es cierto, que ya desde su premisa lo tenía todo para atraerme como mosca a una mierda bolsa de agua de puerta de casa de pueblo, a saber: ruralidad (uno de mis libros favoritos es Winesburg, Ohio, no digo más), cierto misterio (lo relativo al tema del incendio de una iglesia) y cierto aroma a metaficcionalidad (el protagonista es un escritor… y esto en un libro SIEMPRE significa algo). 

Vamos, que Olmos estuvo muy espabilado al escribir el texto de contraportada de su novela, y que estos tres puntos de arriba me van a servir para estructurar una reseña para la que he tomado, como siempre, demasiadas e innecesarias notas:

Pueblo

No voy a repetir aquello de que en España solo se publican libros ambientados en Madrid y Barcelona porque ya no es verdad. Últimamente vivimos un auténtico revival de lo rural y eso estaría muy bien si no fuera porque la mayoría de los pueblos de las novelas de esta corriente apestan a los tópicos rurales más rancios y manidos, y por tanto falsos, de lo que la ficción televisiva —esas series de TVE…— nos ha hecho creer que tenía que ser un pueblo (uno entiende esto cuando ve en las solapas de los libros de este movimiento que sus autores han vivido toda la vida, precisamente, en ciudad). A Olmos, que sí que es de pueblo, esto le da mucha rabia ("qué asco" suelta el protagonista de Alabanza en un pasaje en el que se reflexiona sobre este tipo de literatura) y por tanto se propone con esta novela hacer algo así como una "alabanza de aldea, menosprecio de corte", de ahí el título. Para ello coge su Fuentepelayo natal (sin topónimo ficcional, pero con un delator arroyo Malucas que ya salía en A bordo del naufragio) y, tras vencer su probable reluctancia a escribir una novela rural ("Qué asco. Qué antiguo. Quién leerá" se dice su alter ego literario), erige a lo largo de casi 400 páginas un pueblo fantasmagórico y prácticamente abandonado que, finalmente, tampoco resulta ser realista porque es un pueblo del 2019 y claramente más distópico de lo que cualquier Navas de Oro o Navalmanzano pueda parecerle a cualquier dominguero que se pasee por ellos este verano. Por tanto, este pueblo es un pueblo de cuento —a lo Región, a lo Comala— que no está llamado a ganar el Premio al Pueblo Más Realista del Año, pero ni falta que hace, porque es precisamente desde su desoladora y funesta confección desde donde Olmos puede entonar su particular cántico —elegíaco, claro— en homenaje a ese universo rural que no tiene nada que envidiar en misterio y en fuerza inspiradora a las más grandes —como si aquí en España tuviéramos de eso— ciudades de nuestro país. 

Literatura

Olmos, que se suele quejar bastante en las reseñas de su blog de la autoficción y la metaficción, se ha empecinado en decir por aquí y por allá que el hecho de que el protagonista de Alabanza sea un escritor no importa en absoluto a la hora de leer la novela… y bien: esto no es cierto. No solo Sebastian (excelente idea la ausencia de tilde, aunque hay que leer la novela para entender esto) es un trasunto claro del propio autor segoviano (¿quién no lo va a ver en este autor ficcional que, entre muchas otras cosas, se queja de tener solo quinientos lectores, que es aficionado al ajedrez o que está enfrentado a muerte con un crítico literario llamado Ignacio Echevarría Roberto Alamañac?) sino que este personaje es utilizado por Olmos para poner en su boca un sinfín de acertadísimas reflexiones sobre lo que más le preocupa en el mundo al autor segoviano: la literatura contemporánea. Así, Sebastian se pasará más de media novela reflexionando sobre el sistema literario y editorial de principios de siglo, esas prácticas que hicieron que la literatura de verdad desapareciera hacia un 2013 que quizás los de Literatura Random House podrían haber cambiado por 2014 en un último momento. En este cúmulo de cavilaciones entran las pullas a los escritores profesionalmente de izquierdas, al amiguismo y mamoneo del sector editorial, a la pobreza y falta de ambición de los escritores del momento y un largo etcétera que básicamente viene a ser lo mejor de Alabanza y que la convierten en un buen documento histórico para saber cómo era el mundo editorial de nuestra época para los lectores —si es que aún quedan— del futuro. 

Argumento

Imagino que Alabanza es el intento de Olmos, después de una Ejército enemigo a la que le sobraban bastantes giros de género negro, de escribir una novela al modo de su idolatrado Javier Marías, con sus reflexiones bien escritas (en el caso de Marías, muchos no lo tenemos tan claro) y su fluir de los párrafos como única base sustentadora de los ¿750 gramos? que pesará el libro. En efecto, casi toda la novela se basa en las meditaciones individuales de Sebastian y Claudia, la pareja protagonista de la novela que se ha ido de la ciudad al pueblo buscando salvar su maltrecha relación y esperando que él consiga escribir una colección de relatos, y estas son muy interesantes y están escritas con una prosa elegante y muy cuidada. Sin embargo, la diferencia generacional se nota y Olmos no puede dejar de introducir algunos elementos argumentales que, dosificados con maestría, dotan de un gran suspense a las páginas de Alabanza. Poco puedo hablar de todas estas sorpresas que esperan en el camino al lector de la novela, porque incurriría sin alguna duda en los temidos spoilers (aún me estoy haciendo una idea sobre si esta tendencia de nuestra sociedad contemporánea a la sobreprotección argumental es algo loable o sumamente infantil), pero sí que debo dejar constancia de que a partir de cierto punto Alabanza se lee como si fuera un page-turner bestsellero, todo gracias a la presencia de sutiles pero efectivos giros argumentales que Olmos esparce inteligentemente (aunque alguno finalmente haga que la novela cojee un poco, especialmente en un tramo final donde el lector no comprenderá al cien por cien alguna que otra reacción de Sebastian). 

Vamos, que no se asusten porque crean que todo son (excelentes) pajas mentales en la novela, que aquí también hay de eso que popularmente se conoce como argumento

Sebastian Alberto Olmos Bel, pa' serviros


















Una novela que comienza con la frase "No estoy enamorado de ti" también va de amor, claro está, y de la necesidad de analizar qué nos lleva a quedarnos con una persona en lugar de con otra de las muchas que pueden haber pasado por la vida de uno. "Antes contaba ovejas, antes dormía bien; hoy solo cuento amantes saltando a las vías del tren" canta Nacho Vegas en su último disco y esto es lo que le ocurre a un Sebastian que intenta poner por escrito sus relaciones amorosas barra sexuales del pasado en lo que podría ser su vuelta al relato corto de calidad. La terrible tensión que se produce entre los dos protagonistas a mí me recuerda a historias tan románticas como las de bellas películas como El resplandor (esa terrorífica incomunicación que produce el acto de escribir, ese estar y no estar del que está frente al teclado) y Anticristo ("El caos reinó" se dice en la página 326) y esto está bien porque no podía ser todo rosa y cursi en una descreída novela que da vueltas una y otra vez a la inteligente y muy literaria idea de que el amor es una ficción que necesitamos contarnos para seguir viviendo.


Bueno, que esto se alarga: Alabanza no es solo la novela que más me haya gustado de Alberto Olmos, sino la que más le va a gustar a todo el mundo que tenga dos dedos de frente por ser una novela rotunda, profunda, muy bien escrita y, eso era lo que intentaba expresar con esta crítica, muy muy completita y equilibrada en cuanto a ciertas dualidades fundamentales para con la práctica del ejercicio literario. Además, y por mucho que Olmos sepa a la perfección cuántos lectores necesita para considerarse escritor, la muy cabrona tiene párrafos como este…

«Y pensó también que quizá la literatura no había muerto, no había sido destruida, sino que sólo estaba replegada, acogida en el regazo de un lector único para un único escritor, que tenía algo importante que decirle». 

… que a los lectores de bien —es decir, a los que nos reunimos por estos rincones de internet— nos hacen soltar una lagrimita a la vez que nos dejan claro que Alabanza es precisamente eso, un cántico laudatorio, pero no solo a las pequeñas poblaciones, sino también al ¿cada vez más abandonado? arte literario. 

lunes, 30 de junio de 2014

Nuestras guerras: relatos sobre los conflictos vascos, de VV. AA.

ETA

Bastan estas tres siglas para que a cualquier hijo de vecino le hierva la sangre y se crea con derecho a pregonar su opinión sobre un asunto tan fascinante y aterrador como es el del conflicto vasco de las últimas décadas. 

Pero para eso ya están los bares de la esquina y las redes sociales…

Para los demás, para los que no estamos tan interesados en valorar la realidad como en (intentar) comprenderla, están los libros. ¿El problema con toda literatura política sobre un tema tan potente como este? La subjetividad.

Por ello, la alegría ante una antología como la que publicó hace unos meses Lengua de Trapo, ya que solo desde la pluralidad de voces, opiniones, planteamientos y estilos podrá acercarse el lector a una visión un poco más "objetiva" que la de aquellas formas artísticas que, aun pareciéndoles muy oportunas al adolescente de txosna y al señorito madrileño, únicamente se limitan a poner por escrito los manidos y preestablecidos discursos de las formaciones políticas más extremistas de nuestro país. 

Pero bueno, qué coñazo… Vamos con los relatos del libro, que este blog a día de hoy aún sigue yendo de literatura. 





















Nuestras guerras arranca con un relato del culpable —me leí Obaba, aquel tostón de prosa decimonónica— de que al oír literatura vasca siempre haya pensado en vacas pastando con una ikurriña al fondo: Bernardo Atxaga. "El primer americano de Obaba" no se diferencia excesivamente de su novela más famosa y en este relato ambientado al comienzo de la Guerra Civil nos hayamos ante la tópica historia de pueblo de antes (ya saben: maestro republicano, alcalde corrupto, cura chivato, forastero progresista, etc.) que podría servir de base para cualquier capítulo de El secreto de Puente Viejo. La cosa no mejora con los dos siguientes relatos de Inazio Mujika Iraola y Ramon Saizarbitoria: En "Dos piedras" encontramos una historia un tanto peliculera y efectista sobre una mítica pareja de combatientes de la lucha vasca predemocrática y en "El huerto de nuestros mayores" (¡54 páginas!) el lector pondrá a prueba su paciencia ante una adormecedora y patriótica crónica historiográfica sobre los huesos —que ya ves qué nos pueden importar— de Sabino Arana. ¿Por qué estos relatos no funcionan destro de esta antología? Uno: no van de ETA, y al lector es la banda terrorista la que le pone cachondo. Dos: están escritos en el s. XXI pero como si no lo estuvieran, ya que sus intereses temáticos y formales están anclados en el pasado en el que se ambientan sus historias. 

Pero a partir de aquí es cuando la cosa mejora y, salvo alguna excepción, la calidad de los relatos que siguen es notable y de muy diferenciado sabor. Tenemos cuentos realistas de autores fascinados con la figura del etarra en los que se palpa la pesadilla y la paranoia de una vida consagrada al terrorismo como son "Silencios" de Jokin Muñoz (en el que la crisis matrimonial entre una pareja de abertzales de mediana edad —atemorizados por la posible muerte de su hijo— simboliza la ruptura dentro de la sociedad vasca) y "Actualidad política" de Eider Rodríguez (donde la narradora, novia de un etarra, nos brinda uno de los relatos más experimentales y agrios de esta antología); relatos tontísimos como "Heredera" del músico Xabier Montoia (una pueril fantasía de adolescente pajillero por la cual el familiar de etarras pobre se acaba tirando a la mujer e hija del contrabandista de drogas españolista y rico) o "Cinco meses, como máximo" de Arantxa Iturbe (cortísima anécdota sobre un malentendido epistolar que podría ir sobre ETA como de Bárcenas en la cárcel); piezas originalísimas como "Guerras civiles" de Iban Zaldua (escrito como un diario de la Guerra Civil con pasmoso final a lo Shyamalan y con una visión un tanto irónica sobre una banda armada anacrónica para con la democracia) o "La condena del tiempo" de Joseba Gabilondo (sobre un etarra al que persigue la policía y la propia banda que acaba convertido en el conquistador Lope de Aguirre en un retorno al pasado propio de una diabólica condena por su idealismo violento); relatos mínimos e intimistas como "Recuerdos" de Karmele Jaio (un relato que no aporta mucho desde el punto de vista político pero que destila verosimilitud en sus páginas y que va sobre un preso que tras dieciséis años en la cárcel se encuentra con una amiga que no se enteró de que estaba en ella, lo cual le brinda la ilusión de comenzar de cero) y por último, y merecen mención aparte, los humorísticos, sin duda los mejores de todo el libro quizás por el distanciamiento —sinónimo de inteligencia— al que obliga la comedia. Son tres y van todos seguidos, empezando por "Ficción, solo ficción y nada más que ficción" de Harkaitz Cano (brillante y delirante ejercicio metaficcional —supongo que inspirado en "Continuidad de los parques" de Cortázar— en el que un etarra prófugo se refugia en un club de lectura en el que se lee, precisamente, El fugitivo de Ramón J. Sender, situación que da pie a una agudísima sátira sobre la literatura de entretenimiento y a una defensa de la literatura de calidad como fuerza desestabilizadora de rancias creencias personales), continuando con "Dos cartas a la posteridad (La Literatura y la Historia)" de Ur Apalategui (un relato también excelente sobre un mediocre escritor en euskera que, deseoso por triunfar y sabedor del prestigio de la literatura comprometida, no dudará en llegar a cometer acciones terroristas basadas en sus novelas para que así estas cobren relevancia literaria) y terminando con "El tipo" de Aingeru Epaltza (un relato comiquísimo pero de final muy humano sobre un padre que tiene problemas con todos los novios de su hija, representantes de todos los estereotipos políticos —el pijo pepero, el perroflauta abertzale— que parecen formar la juventud vasca).

Os presento a AITOR, EL VASCO LECTOR


















Se agradece al antólogo Mikel Ayerbe el que nos brinde la oportunidad de acercarnos al universo del conflicto vasco desde un criterio literario en el que se nota que la calidad artística —y no el mensaje político— ha sido el principio de inclusión. Leer este conjunto de relatos ambientados en tierra "tan verde por fuera, tan oscura por dentro" (a veces Atxaga tiene sus momentos) es una forma mucho más inteligente de pasar el tiempo que con las columnas del ABC o el Gara, El gato al agua o La tuerka, canciones de Fermín Muguruza o discursos de la AVT… si es que a uno lo que le interesa es perseguir aquella entelequia tan necesaria que es la verdad y no recibir simplificaciones que agraden los tímpanos de sus ya convencidos oídos. ¿Quién decía aquello de que la literatura era "noticias que no son noticia"? Pues eso se nota en Nuestras guerras, conjunto de relatos que tienen su punto de mira puesto en el intento de dilucidar una realidad complicada mediante la preocupación por el ser humano —lo único eterno en nuestro mundo— y no mediante la defensa de determinadas ideologías, colectivos y pueblos o justicias anacrónicas y actitudes violentas imposibles de justificar. 

Porque para toda esa mierda ya está la tertulia de todas las mañanas en el Bar Joseba 2 o la discusión política de altura en vuestras cuentas de Facebook… y participar en cualquiera de las dos no cuesta los 18.72 euros que el librero nos pedirá por esta antología. 

sábado, 21 de junio de 2014

NOvedades y abandonos

NOvedades


Claro, qué se creían, ¿que no me lo había leído? Pues sí, aunque en este blog se prefieran las novelas no muy largas tampoco es que le tengamos miedo a los tochos, sobre todo cuando parecen tan interesantes como La casa de hojas y vienen precedidos por una expectación que los cubren de una obligatoriedad más recia que la de leer el Lazarillo en el instituto. ¿Y bien? Y bien: disfruté mucho con esta novela de terror, probablemente más que con ninguna novela de terror hasta la fecha (quitando Misery y La mitad oscura del señor King) pero tampoco es que sea para tirar cohetes. Me explico: pese a lo simple de su premisa —magnífico detalle el que toda la paranoia comience porque la casa mida un poco más por dentro que por fuera— o, precisamente, debido a esta sencillez, el argumento de la novela de Mark Z. —será de zombreritos— Danielewski intriga y engancha y da verdadero miedo (cosa loable en literatura, mucho menos visceral que el cine) y, además, el juego metatextual de la bizarra maquetación y las diferentes historias que componen La casa de hojas es entretenidísimo y bastante sorprendente. ¿Entonces? Entonces, lo que a la mayoría de la literatura popular: el lenguaje es ciertamente sobriote, los personajes son arquetípicos y le sobran un buen puñado de páginas (y eso que abulta más de lo que es, entre poemitas e imágenes) que son reiterativas y no aportan mucho a la aventura de la casa, que es lo que nos interesa. ¿En resumen? En resumen: es una obra maestra de la literatura de terror, pero no una obra maestra a secas; muy divertida pero para nada tan inteligente o difícil como nos la pintaban los cuatro enteradillos que ya la habían leído en su día. 


Primer libro que me leo de este argentino que levanta pasiones —para bien o para mal— dentro de la comunidad bloguera literaria y por tanto una gratísima sorpresa en cuanto en tanto a que La vida interior de las plantas de interior me ha parecido una colección de cuentos realmente buena en la que brilla la metaficción, la experimentación y la fabulación, cosas que ya de primeras me ponen bastante cachondo. Salvo un par de relatos algo fríos y aburridos —que coinciden con los que tratan temas más alejados del mundo literario— los demás son emocionantes y sorprendentes, destacando los ejercicios de estilo "El cerco" (un relato que sigue a diversos personajes encadenados entre ellos por el personaje de una escritora) o "Como una cabeza enloquecida vaciada de su contenido" (un cuento hacia atrás que sigue los pasos de una peluca) o los relatos sobre temas literarios "Un jodido día perfecto sobre la Tierra" (de críticos literarios y mediocres concursos de literatura en ciudades de provincias), "Trofeos de amantes que han perdido" (sobre blogueros y la frivolidad que este hobby conlleva) o "Algunas preguntas sobre el ciclo vital de las ranas" (sobre la ansiedad de la influencia artística y sobre seguir los pasos de los escritores admirados cuando uno no tiene demasiada personalidad). 

Quizás una literatura para lectores demasiado lectores o escritores demasiado lectores, pero qué bien escrita y qué originales las propuestas que La vida interior de las plantas de interior contiene. 


Buah: ¿Novelaza?, ¿librazo?, ¿experimentazo? En todo caso, lo importante es transmitiros el sufijo superlativo, pues Esto es una novela es una de esas lecturas que marcan un antes y un después en la carrera de cualquier lector de bien, y esto tiene mucho mérito si contamos con que Markson quiso escribir un libro sin personajes, trama, ambientación o cualquier otro componente que estando sobrios consideraríamos imprescindible en nuestro reclamo libresco de la mesita de noche. En verdad una lista de anécdotas o chismes sobre las muertes o enfermedades o penalidades de un sinfín de creadores (ejemplos: Fray Luis volviendo a dar clase obviando el tiempo que pasó preso, Mozart siendo un vicioso del billar, Joyce sabiéndose el número exacto de palabras de su Ulises), creo que una de las mejores formas de definir esta novela es la que Alberto Olmos dio en su blog y en la que decía que era un punto final a la historia de la literatura. Porque de eso va esta obra: de finales, de homenajes, de fascinación compartida por una magia creadora en constante presión de desaparecer.

Una obra maestra: una ¿novela? fascinante y cargada de erudición y sentido de literatura. 


Qué gusto da leer No Novedades… Uno va de obra maestra en obra maestra (y tira porque lo dice la palestra) y así llega a estos Ejercicios de estilo en los que el señor Queneau desarrolla una de las premisas más originales de la historia de la literatura: la de una misma y trivial anécdota cotidiana contada de 99 formas diferentes (lo cual demuestra de una vez por todas que el misterio de la literatura está en el cómo y no en el qué). Una misma historia contada de forma narrativa, en verso, en forma dramática… y hasta de forma telegráfica o musical (en partitura): daba igual lo que le echaran a su autor, que sabía escribir de cualquier forma que se propusiera. 

En resumen: obra capital para la teoría y la práctica literaria, como demuestran las quince ediciones que ya llevan los de Cátedra con su maravillosa —el centésimo ejercicio de estilo, dicen en el prólogo— traducción. 

  
He puesto la portada de Ice Haven como podría haber puesto otra, pues han sido varios los libros de Daniel Clowes que me he ido leyendo en los últimos meses. A ver… creo que este, Wilson y El rayo mortal… Ah, pues tampoco son tantos, pero serán más en el futuro, pues me han gustado mucho (en especial Rayo y Ice). Colores pasteles y estética vintage que alberga mucha mala leche y mucha sordidez pero todo con humanismo y honda preocupación por el estado de salud mental y espiritual del ser humano de los últimos años (piensen en Todd Solondz y acertarán). Coqueteos con la literatura de género pero finalmente entroncados en un realismo casi sucio y cotidiano (ya saben, si no son realistas no se les puede llamar novelas gráficas a los cómics). Muy buenos. 


No había leído nada de la Castro (¿os imagináis llamando a Bécquer el Bécquer? Nada, machismo puro y duro el de algunas expresiones) por lo que les pillé a mis suegros una antología de la gallega (esto no suena tan mal; tiene equivalente) en una edición ejemplar de lo que serán todas nuestras bibliotecas de libros de tapa blanda en el futuro: buenos contenidos, pero hojas más amarillas que el rotulador Carioca con el que pintan los soles los niños de primaria. Y, bueno, pues me gustó mucho, especialmente cuando se deja de romanticismos gallegos (en serio, qué obsesión la de esta mujer con su tierra) y pasa a una literatura de realismo social muy dura y que suena a telediario (especial ilusión aquella en la que se caga en los castellanos por tratar mal a los emigrantes gallegos). Mis poemas favoritos: "Campanas de bastabales", "Adiós ríos, adiós fuentes", "Airecillos, airecillos", "Cuando uno es muy dichoso", "Amigos viejos", "De soledades se moría", "Volved", "La palabra y la idea" y "Desde los cuatro puntos cardinales".












Abandonos

A día de hoy —lo han hecho y bien en el pasado— no me pagan por leer. Por tanto, si un libro no me conmueve o me emociona o me parece interesante o refrescante o adictivo, lo dejo. Unos a las diez páginas, otros a las veinte, otros a las cincuenta, pero no soy masoquista y hay muy buena literatura (es decir, la que a uno le gusta) esperando ser leída. Últimos libros en llamarme la atención y posteriormente decepcionarme, los siguientes.


Fui a la presentación de su libro en Barcelona y el bueno de Tao a todo contestaba "no sé, no sé" (luego salió esta noticia en la que nos quedaba claro que se había fumado un peta antes del evento editorial) pero aun así me pareció un escritor serio y comprometido con su idea de literatura, así que decidí probar suerte con su nueva novela… y no cuajó el amor, porque, a pesar de que creo que captura una cierta verdad acerca de los jóvenes de hoy en día (apatía, inseguridad emocional, etc.) y que su prosa respira calidad (Bret Easton Ellis lo llamó en Twitter "el mejor estilista de su generación") la novela —o su principio— es mortalmente aburrida. 

Se ha de poder escribir sobre la inacción sin resultar soporífero para el lector, digo yo.


Uno puede aguantar toda una vida la vergüenza de no haber leído a Lovecraft… hasta que este se pone tan de moda como lo está ahora, que hasta Acantilado lo publica. En las montañas de la locura o El caso de Charles Dexter Ward, En las montañas de la locura o El caso de…, así estaba yo en el FNAC del que suelo robar libros, sendos libros pagados por Vallcorba en mi mano. Y me decanté por el primero, por eso de ser el de título más resonante, y está claro que la cagué. Creo que aguanté unas setenta páginas o así, que ya es bastante si tenemos en cuenta que el arranque —o el arranquemitad— de esta celebrada novela es un auténtico coñazo formado por detalladas descripciones de la nada fascinante orografía polar, con una prosa tan funcional como una pantalla de televisión (en su época tendría sentido, precisamente por la ausencia del invento catódico, pero ya no). 

Pero nada: seguiré intentándolo con el HP (je, je) de Lovecraft, ya que si tanto os flipa será porque el resto de su literatura merece mucho la pena. 

O eso o estáis gilipollas, ya lo comprobaremos. 


Tremenda decepción, pues después de leer El vuelo de Ícaro y Ejercicios de estilo uno pensaba que todo lo que hubiera cagado Queneau sería oro y… no. Las obras completas de Sally Mara reúne un par de novelas (Diario íntimo y Siempre somos demasiado buenos con las mujeres) y una suerte de recopilación de greguerías (Sally más íntima) y un servidor no se ha podido terminar ninguna de las tres obras. La primera, sobre una irlandesa empanada y supuestamente cachonda, por sosa y por gastar un erotismo más pasado de moda que el del show de Benny Hill. La segunda porque, aunque al principio prometiera, acaba pareciendo un belicoso chiste de Gila demasiado largo (y muy muy machista). Y la tercera, de lejos la mejor de las tres, por intraducible al español, supongo.

Volveré a leer a Queneau en el futuro, pero no a una tal Sally Mara a la que, creo, le resultaba demasiado fácil publicar en Gallimard. 

miércoles, 18 de junio de 2014

[Autobombo #3]: Presentación de Bulevar 20 en Barcelona

Catalanes, catalufos, guiris, charnegos, rusos, polacos, pakis y demás exquisita fauna de la Barcelona de ayer, hoy y siempre, mañana jueves tenéis una cita cultural en la Laie que esta imagen resume tal que así: