miércoles, 1 de octubre de 2014

De cómo las verdaderas pasiones se instauran en la niñez del individuo

Encontrar una diferencia insalvable entre las personas para las cuales los libros fueron parte indispensable de su vida a partir de su más tierna infancia y entre aquellas para las cuales la literatura empezó a ser algo más o menos habitual en su día a día a partir de los quince, veinte o treinta y cinco años de edad (se podría decir, aceptando la marcada unicidad con la que en mi opinión nos reviste la lectura, que los primeros salieron diferentes por ser lectores y que los segundos se hicieron lectores por sentirse diferentes), una disimilitud no cuantitativa (cualquier primerizo —si es que se aburre de Saber y ganar— se puede dar un atracón de obras maestras de la historia de la literatura y "saber" más que alguien que lleva leyendo toda su vida) sino cualitativa en tanto en cuanto en los primeros se reconoce una pasión desmedida —sin entrar en cursiladas pero siendo así: una necesidad vital— por la literatura que en los segundos puede no llegar a fructificar, por mucho que se finja, jamás. 

viernes, 26 de septiembre de 2014

NOvedades y abandonos #4

NOvedades


Gigantesca novela que deseaba con todas mis ganas que no me gustara (los fans de DFW sois la mierda) pero que al final me ha acabado gustando —y mucho— por ser no solo una inteligentísima e hiriente sátira en clave futurista de la sociedad estadounidense de finales del siglo pasado sino también una novela de una tristeza muy hermosa y honesta que se pregunta, a través de los temas de la adicción, las carreras y entrenamientos profesionales y las formas de distracción modernas, por qué los seres humanos de estas alturas de la historia nos pasamos la vida huyendo precisamente de eso, de la vida, y cómo el entretenimiento (palabra clave en la novela) puede esconder un lado más que siniestro que nunca le solemos asociar. Para nada aburrida (la prosa de Wallace es curiosísima y como una especie de trance), para nada complicada o difícil (lo, siento, amigo gafapasta: si separas las tres o cuatro líneas argumentales te encuentras con novelitas muy sencillas, por muchos detalles ocultos que estas contengan), para nada culta (el mundo de Wallace es inventado y, pese a su lenguaje pseudocientífico, tiene mucho que ver con los thrillers y las novelas de acción que parece ser que consumía) y, aunque tampoco sea redonda (oh, no, amigos, pues ¿cuál es el por qué de las notas?, ¿por qué la inclusión de un repentino narrador en primera persona hacia el último tramo de la novela?, ¿qué tontería es esa del Escatón?, etc. etc.), La broma infinita es un documento artístico inigualable que capta con maestría el caótico, deprimente y perdido rumbo del espíritu humano occidental a finales del siglo XX, todo un carpetazo a cierto tipo de literatura posmodernista que probablemente haya visto sus días de gloria demarcados por la publicación de esta novela en 1996. 


Un libro de poesía de tanto en tanto no hace daño, y menos si es tan bueno como este de Miguel Hernández. El rayo que no cesa contiene poemas de amor desconsolado, poemas líricos y dolientes de esos que dicen “¡cuánto penar para morirse uno!” y que están escritos con esa aparente sencillez que —pedazo de cliché— tan complicada es de alcanzar. Preciosa la metáfora del rayo que parte el corazón del poeta inconsolable (“Este rayo ni cesa ni se agota: de mí mismo tomó su procedencia y ejercita en mí mismo sus furores”) y alegre descubrimiento del que será lema de mi escudo heráldico (“Me llamo barro aunque Miguel me llame”). También repelús y escalofrío al saber la fecha de publicación del poemario (1936) y el trágico destino vital del poeta pocos años después.

Poemas que me han tocado la patata, los que siguen: “Un carnívoro cuchillo”, “¿No cesará este rayo…?”, “Umbrío por la pena”, “Fueramenos penado”, “Me llamo barro”, “Yo sé que ver y oír” (“Lo que he sufrido y nada todo es nada / para lo que me queda todavía / que sufrir, el rigor de esta agonía / de andar de este cuchillo a aquella espada”), “Por una senda van” y “Lamuerte, toda llena”.


Abandonos


Y mira que es corto, ¿eh? Nada: prosa anodina de a, b, c para un conjunto de anécdotas (que si Stalin por aquí, que si el ombligo de las mujeres por allá) con, supongo, cierta intención didáctica detrás (nunca he leído a Paulo Coelho, pero…) sobre celebrar lo ligero, lo insignificante, lo humorístico en esta vida, lo cual a mí me parece un mensaje de autoayuda cojonudo si no fuera porque la novela que lo recoge es tirando a infumable y echa un olor a europeo rancio bastante considerable.

Y esto es lo que sucede cuando uno decide escribir una novela pensando en el mensaje que quiere transmitir  (algo que a ningún lector de bien le importa una mierda) y no en determinado cúmulo de sensaciones, atmósferas, estéticas…

Pero ¿qué veo? Que lo que tiene el de la portada en la mano es… ¡su ojo! 

JA, JA, qué bueno: a lo mejor me la releo. 



Pues no ha sido listo ni na' Salamandra Black (sí, listo, que es un sello) a la hora de contratar la novela de Nic Pizzolatto, creador y guionista de la exitosa serie True Detective (una serie que fue absolutamente genial hasta su bochornoso —y hay que estar ciego para no ver lo mal y ridículamente cerrada que está esa primera temporada— episodio final, y que vista desde ahora parece más mérito del director de fotografía, los actores y director, que del escribente), esta Galveston a la que hemos acudidos todos en tropel para salir —se ve que— la mayoría la mar de escaldados por ser esta novela (al menos las 70 páginas que me he leído) un manidísimo conjunto de tópicos (tío duro terminal salva a joven prosti zzzzzzz) escritos con una prosa más funcional (mucho más, dónde va a parar) que el manual de instrucciones para montar una Billy de IKEA (que digo yo, oh amigo escritor de género, que si no vas a jugar a innovar con el fondo, innova algo con el estilo, y viceversa, cojones). 

¿Qué más decir? No sé, quizás preguntarme cuántas decenas de páginas habré de desperdiciar leyendo literatura que no es —a ver, claro que es, pero a la vez no— eso, literatura.

lunes, 22 de septiembre de 2014

De la mala educación en las redes sociales

En casi dos años de redes sociales —llenos de interesantes debates, de felices descubrimientos, de virtuales amistades— solo me he visto forzado a eliminar (¡zas!) de los contactos de mis cuentas de usuario a dos personas y a un personaje, a saber: un mediocre escritor casi cincuentón cuya obra más leída es su muro de Facebook, un individuo enganchado a las series de televisión que parapetado tras un vulgar seudónimo se dedica a ningunear las opiniones de los demás y, por último y recientemente, un escritor de realismo experimental que anteriormente había sido conmigo la mar de simpático, educado y agradable pero que una noche cualquiera y a las primeras de cambio —eran ya más de las once; tendría sueño— se puso a soltar creoquenoloentiendes y teestáshaciendounlíos a diestro y siniestro en el marco de lo que por mi parte pretendía ser una discusión tranquila y constructiva. 

Estos tres emisarios de la prepotencia, digo, fueron debidamente eliminados de mi mundo virtual…

Y es que en la vida real a veces tenemos que soportar las malas formas de ciertos conocidos —y lidiar con ellas de la mejor forma posible: por ejemplo, ignorándolas o liándonos a puñetazos— por la vergüenza que acarrea volver a ver a esta o aquella persona estando en malos términos con ella, cosa que no sucede en este fantástico mundo de internet donde uno tiene la posibilidad de borrar (¡zas!) al instante a la persona que está siendo desagradable, maleducada, imbécil y tonta del higo de un plumazo y por siempre jamás.

Punto a favor de esta realidad; continuamos juego.

martes, 16 de septiembre de 2014

Catalanes todos, de Javier Pérez Andújar

Como muchos de los foráneos que tenemos la suerte de vivir en Cataluña —y la desgracia de vivir en Barcelona— esto tan importante que está sucediendo por estas preciosas tierras me la trae completamente al pairo. El otro día, con eso de la ve baixa pasando por la puerta de mi casa (Avinguda Diagonal en la actualidad, Avenida del Generalísimo en 1978), yo lo pase justamente ahí, en mi casa, y sin la menor pizca de remordimiento. No me entiendan mal: me parece estupendo que cada uno haga con su día libre lo que le salga de sus partes, pero es que a uno, como manchego y españolito cansado y desarraigado que es, esto de las patrias y los pueblos le hace ante todo gracia y le suena a otros siglos por los que tengo poco interés más allá de su literatura.

Esto solo por si consigo algún comentario de españoletes o catalinos; ahora vayamos con lo importante, la reseña.

No había leído nada de Pérez Andújar hasta el momento y sabía que estaba cometiendo una falta imperdonable, pues escritores patrios [a rellenar con la patria que usted desee, y si es muy jipi ¡elija el mundo por respuesta!] cargados de ligereza y sentido del humor tampoco vamos tan sobrados como para obviarlos. Por tanto, alegría por la decisión (comercial) de Tusquets y (literaria) del autor de Sant Adrià de Besòs de volver a publicar el que fuera ¿primer? ensayo de Pérez Andújar, Catalanes todos. Las 15 visitas de Franco a Cataluña, convenientemente reconvertido en obra de ficción —que es lo que aquí principalmente nos interesa, pues como opina su autor “la novela habla con mayor profundidad de la realidad que el ensayo, que es más claro y preciso, y por tanto más superficial”— y con una obra de teatro inédita (también jodidamente oportuna al versar sobre el recientemente fallecido Suárez; de nuevo alegría para los editores de Tusquets) a modo de apéndice.

Y no creo que haya sido mal sitio para comenzar con este autor, no…

Catalanes todos empieza desde el minuto cero con mucha guasa, sin ir más lejos chivándonos el autor que la novelita “no pretende ser otra cosa que una carcajada general”, teniendo que ver las cursivas, claro está, con Francisco Franco Bahamonde (Paquito para los amigos) y el título de la obra con el afecto que gran parte del honorable pueblo de Cataluña mostró siempre por tan ilustre dictador (nos recuerda Pérez Andújar que Franco hizo hasta quince visitas a Cataluña en cerca de cuarenta años, que no son pocas). Y de esto va esta divertida novela, de diversos personajes (muchos —supongo que los más inverosímiles— se ve que reales, algunos inventados) franquistas y catalanes yendo y viniendo por Barcelona y aledaños y por las páginas de este libro, desde la entrada triunfal del ejército rebelde en la capital catalana (“una locura de vivas gritados por una ciudad de muertos de miedo”) hasta un delirante final de ciencia ficción (con cápsulas de descrionización de por medio) ambientado en 2014 y en el que Pérez Andújar se mofa a base de bien de las tan emotivas cadenas humanas por la independencia de Cataluña que vemos en la 3 y en TV3 estos días (“¿A qué nos ha llevado en Cataluña este ‘y yo más’? Pues a eso, a yo y a Mas”), pasando de refilón por la Cataluña de Pujol (tan similar al oído como “la España de Franco”) solo porque al enviar a imprenta aún no se habrían enterado editor y autor de que el molt honorable ya estaba llamado a no serlo tanto… pero muy mediáticamente. ¿Entremedias? Anécdotas, un sinfín de anécdotas, una divertidísima mezcolanza de prosas (artículos, documentos oficiales de la época, canciones populares, además de la excelente y juguetona del autor), multitud de modos narrativos (tenemos vodevil, ucronía —“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, las milicias libertarias han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Viva la libertad»— cancioncillas, etc.), muchos, muchos personajes (“aristócratas y notables burgueses, pequeños comerciantes y menestrales, oficinistas y obreros… Catalanes todos”) y, sobre todo, infinita mala leche y una envidiable clarividencia para el análisis de la historia reciente de todo un pueblo, así como para llegar a una tesis nada complicada pero que no todo el mundo parece ver: que esto de los sentimientos patrióticos vienen en muchas ocasiones dados, simplemente, por el dictado de una clase gobernante a la que solo le preocupan la nacionalidad —suiza o andorrana— de sus cuentas bancarias y para la que millones de gente en la calle son simplemente billetes con patas a los que hay que mantener ilusionados a toda costa (sea esta brava o no). 



Después viene La dimisión (¿título inspirado en la citada El rey que rabió? ¡Con lo que a mí me gusta la zarzuela… con minúscula!) que está ambientada en la Moncloa del mayo de 1980 y que tiene por tema la dimisión de Adolfo Suárez. La supuesta obra de teatro (en realidad dice Pérez Andújar que es más "una obra de Estudio Uno")  bebe del vodevil, de la comedia de gags americana, y de los monólogos del tío de José Luis Moreno (!) y es un descacharrante repaso a ese espíritu de la Transición —aquí simbolizado por una bailarina de burlesque con borlas rojigualdas por pezoneras y águila negra en el tanga— al que Pablo Iglesias se la tiene jurada y a esa “democracia de televisión” que vino a representar el segundo presidente del gobierno de la España democrática reciente, escrito a la vez desde el cariño (a fin de cuentas, eso de dimitir nos resulta muy exótico en 2014) y desde la ironía más mordaz pero, sobre todo, desde la guasa, el ingenio y el sentido del humor más absurdo. 

También muy buena, también muy divertida, con magníficos juegos de palabras y con multitud de chistes que al lector estúpido y sin gracia espantarán, pero que a otros como el que esto escribe, encandilarán.




Pues lo dicho: un gustazo ambas lecturas y que cada cual piense lo que le salga de los huevos sobre la cuestión catalana y el estado de salud político de l'Estat espanyol: yo —entre Mas, Junqueras, Rajoy, Sánchez, Iglesias y demás troupe— me quedo con Javier Pérez Andújar.

viernes, 12 de septiembre de 2014

De obras mayores y menores

Siempre desconfío de aquellos lectores que prefieren las caras B de un autor a sus obras más destacadas (es decir, para que me entendáis: considerar que La peste es mejor que El extranjero, La biblia de neón mejor que La conjura de los necios, Las olas mejor que La señora Dalloway, Santuario mejor que El ruido y la furia, A este lado del paraíso que El gran Gatsby, Pabellón de reposo que La colmena, etc.) y siempre sospecho que detrás de esos supuestos criterios independientes se esconde un deseo un tanto pueril de desmarcarse de la canonizada opinión del vulgo, de tirarse el pisto yendo de original, de cuñadismo literario del que está en posesión de un secreto que los demás no podemos ni llegar a intuir (y si no, probad a trasladar este asunto a otras artes mediante hipotéticos "El color del dinero es la mejor película de Scorsese", "Las meninas no es el mejor cuadro de Velázquez", "El licor café de Galicia no tiene nada que hacer contra el de Cuenca" y echaos unas risas), porque, joder, ¿no os dais cuenta del trabajo que ha costado —de la cantidad de lectores a los que ha fascinado, del número de críticos que tuvieron que jugarse su reputación, del mogollón de estudiosos de la literatura que han dedicado años o siglos a cuantificar su importancia en el río de la historia de la literatura— aupar una obra a "Obra Más Relevante de un Escritor"? ¿No os dais cuenta del acto de prepotencia que supone el ir en contra de una corriente —tan mayoritaria— en la que han participado millones y millones de inteligencias agudísimas? ¿Pensáis que el Hamlet de Shakespeare, el Quijote de Cervantes o el Ulises de Joyce vinieron ya al mundo consideradas las obras más importantes de sus autores? Pues vais a venir vosotros a mearos en tanto esfuerzo y consenso y a descubrirnos que en realidad el auténtico genio del primero reside en Coriolano, el del segundo en Rinconete y cortadillo y el del tercero en Exilios…

Suerte.

lunes, 8 de septiembre de 2014

El libro tachado, de Patricio Pron

Segundo ensayo [esto es mentira, pero se me ha ocurrido esta introducción y no la voy a cambiar ahora] que me leo este año y de nuevo es de Turner y de nuevo va de libros (qué quieren que les diga: habrá otros temas, pero el que más me interesa —¿el único?— es este). El libro tachado (El libro tachado©) es —y no es— un libro de Patricio Pron en el que el escritor argentino recoge un sinfín de anécdotas en torno al tema multiforme de la desaparición de la literatura o la desaparición de los autores o la desaparición de ciertos libros… en definitiva, de esos libros y autores que tuvieron más que ver con la anulación que con la afirmación, con el “no” que con el “sí”, etcétera (Barthes, Vila-Matas, Foucault, ya saben). En este cajón de sastre entran los libros plagiados, los libros destruidos o perdidos, los libros quemados (la humareda estadounidense de Harry Potters tiene que llegar ya a la luna), los libros condenados por sus autores (y según varios investigadores, Kafka le dio sus manuscritos a Max Brod sabiendo de antemano que este no los quemaría), los autores asesinados (esos quinientos escritores asesinados en cárceles soviéticas, por ejemplo), los autores incómodos (¿leeríais —y seríais imparciales con— una novela de Sadam Husein o Muamar el Gadafi? Porque escribieron varias), los autores encarcelados (echo de menos al más notorio, mi tocayo, en esa sección), los autores suicidas (ocho páginas de letra minúscula, para los que nunca tenéis suficientes suicidios literarios con los que empezar la mañana), los falsificadores (y cómo ha cambiado la relación texto/verdad a lo largo del tiempo, con Daniel Defoe publicando Moll Flanders con pseudónimo de mujer y nadie escandalizándose por ello), los autores que hemos de desarrollar nuestra actividad en tiempos de crisis y varios etcétera que terminan por dar forma a una colección de casos literarios fascinantes que hacen de El libro tachado una lectura entretenídisima (you will like it if you liked Esto no es una novela de Markson, Libros malditos, malditos libros de Díez Jayo o Bartleby y compañía de Vila-Matas) en la que su autor hace gala de un saber enciclopédico (el chico tiene un doctorado, y con este libro-tesis podría conseguirse otro) sin aburrir al lector y, además, mojándose y metiéndose con aquellas formas de literatura que no son del todo de su agrado (acusa a El hacedor (de Borges) Remake de Fernández Mallo de ser “singularmente pobre” —con lo cual no estoy de acuerdo—, a El País de ejercer una “práctica superflua” y un “simulacro de horizontalidad” con eso que sacaron hace unos meses de la escritura colaborativa, y a autores fascinados por las nuevas tecnologías —nombra a Jorge Carrión y a Tao Lin, entre otros— de beneficiar “a los sectores más conservadores de la sociedad que pretenden abolir la literariedad, esa cultura vinculada a la palabra escrita de la que pende todo aquello que parece valioso en nuestra sociedad”). En fin, un estupendo repaso a la cara B de la historia de la literatura y a la “ficción cultural de una literatura sin autores”, esa formada por

“Todos los libros destruidos y quemados y los textos jamás escritos e incluso los ilegibles…

que

… son el reverso necesario de la literatura que nuestra cultura ha preservado: le sirven de trasfondo pero también de advertencia sobre su propia fragilidad”.

Aunque, como nos demuestra Pron, y en contra de lo que pueda pensar un Vila-Matas, siempre sea “mucho más singular y misterioso que alguien escriba que el hecho de que no lo haga o deje de hacerlo”. 

Y para muestra, este ensayo.

jueves, 4 de septiembre de 2014

De lecturas adolescentes

“Te lo digo de gratis” y “Rock 'n' roll.”, del modo dicho en las novelas de Irvine Welsh y Bret Easton Ellis respectivamente, son las dos únicas frases que, extraídas de la literatura, he incorporado a mi forma de hablar habitual, con lo que es muy probable que si estás hablando conmigo aproveche la ocasión para soltarte un “te lo digo de gratis” (por ejemplo, antes de decirte que esta noche nos lo vamos a pasar fetén) o un “Rock 'n' roll” (por ejemplo, después de que me digas con cara preocupada que ya se ha hecho tarde). Ambas frases vienen de novelas que devoré en la adolescencia y que me permitieron descubrir que había una literatura salvaje y rápida y potente y divertida (y, además, buena) que podía competir en igualdad de condiciones con las pelis, con los videojuegos, con salir por ahí con los amigotes y demás etcéteras de juventud de pueblo manchego, y ahora reencontrándome con la primera de ellas (en Skagboys, la excelente nueva novela de Welsh) pienso, a modo de paja mental literaria, que llevan razón todos esos plastas que hasta hoy he considerado simples valedores de lugares comunes cuando dicen que nada puede igualar la potencia de las sensaciones que el cine y la literatura y la vida en general nos provocaban en la juventud, para lo cual incluso me acuerdo de un amigo mío, biólogo, que me dijo que esa idea tenía su razón de ser en una explicación científica por la cual el ser humano tiene más noséqués en su organismo en la edad que va de los catorce a los dieciocho años, más o menos, que más adelante, por lo cual puede uno pensar que nunca leeremos nada que nos remueva tanto nuestro interior —con el asombro que me provocó la lectura de American Psycho, por ejemplo, al cogerla prestada de la biblioteca familiar de un amigo en una horrible edición que daban con El Mundo “porque iba de un asesino” y “porque se había hecho una película sobre ella”— como las decisivas lecturas que, febriles, consumimos en nuestra adolescencia.

De gratis os lo digo.