lunes, 14 de abril de 2014

La vida de un hombre inútil, de Maksim Gorki

Nacho Vegas, Amaral, Máxim Huerta y otros artistas del compromiso político del momento: no os pedimos que no digáis nombres propios, no os pedimos que hagáis un esfuerzo por intentar comprender al otro, no os pedimos que no seáis demasiado explícitos, no os pedimos que os fijéis en el individuo —«lo único de lo que uno se puede fiar» en recientes palabras de Herta Müller—, no os pedimos que no abracéis la subjetividad, que no veáis lacras morales solo en los que son del bando opuesto al vuestro, no os pedimos que seáis unos Chaves Nogales capaces de ver horrores y grandezas morales en cualquier hijo de vecino… No, nada de eso: estamos en democracia, corren los tiempos que corren, y estáis en vuestro derecho si queréis parir un arte partidista y abanderado, de izquierdas o de derechas, obsesionado con el abuelo o la abuela caídos en combate —hecho que, normal, determinó el pensamiento político de toda vuestra familia— y, en definitiva, un arte que se cisque en todo lo que los otros representan y que presente vuestras ideas para con la organización del ser humano en sociedad como las únicas válidas, como las únicas acertadas, como oro político en paño artístico.

Solo —al menos, por favor— os pedimos una cosa: que lo intentéis hacer la mitad de bien de cómo lo hizo Gorki.

La vida de un hombre inútil comienza como una especie de Lazarillo de Tormes solo que algo peor por no ser española y por estar escrita cuatrocientos años después (y es que el Lazarillo es en verdad una de las cimas de nuestra literatura pues con él lo petamos bien petado a nivel europeo, es decir, mundial): una radiografía implacable de la Rusia zarista a través de los ojos de un pobre diablo llamado Yevséi Klimkov al que todo Dios le tiene ojeriza por empanado y pardillín (posible banda sonora, el Rainy Day Women #12 & 35 de Dylan). El bueno de Yevséi va de amo en amo, de desgracia en desgracia, mientras va diciéndose a sí mismo que ya se le pasarán sus males (spoiler: no será así) y va dejando a Gorki hacer de las suyas en relación a la descripción de la convulsa Rusia del momento:

«Sí… La gran Rusia se está disgregando, reina en ella la monstruosidad, algo terrible se está ultimando, las personas son aplastadas por el dolor de la pobreza y la miseria, se desfiguran los corazones por la envidia, el paciente y dulce hombre ruso está feneciendo, está surgiendo una tribu, insensible y feroz por su avidez, de hombres lobo, de hombres carnívoros y crueles. Ha sido aniquilada la fe, ahora penan los pueblos fuera de su fortaleza sagrada y desde todas partes se lanzan sobre los indefensos gentes de mente depravada que seducen con su astucia diabólica y nos atraen hasta la senda de la transgresión de todos tus preceptos, prior de nuestra vida…».

¿Os suena la situación? El caso es que hacia la mitad de la novela a Klimkov lo fichan de agente secreto y entonces La vida de un hombre inútil muestra las cartas de un autor tan revolucionario y tan soviético como don Máximo Gorki: la novela social se convierte en una novela política y también en un alucinante espejo de cualquier telediario de La Sexta de la semana pasada, con sus manifestaciones, con sus antidisturbios cabrones de armas que entuertan, con sus infiltrados saboteadores de congregaciones pacíficas, con esos políticos aterrados —¡ja!— por la turba popular. Y, bueno, aunque a veces dé un poco de vergüenza la ingenuidad de un Gorki que creía que cualquier funcionario del estado era una especie de villano de folletín novelesco barato y que todo lo revolucionario era Disney («lo viejo, lo cruel y lo malo fue erradicado de la ciudad» y «las personas se volvieron evidentemente más bondadosas», ja, ja, ja), la verdad es que la novela es en todo momento emocionante y el personaje protagonista —tan hueco, reflexivo y veleidoso como intenta serlo un servidor— no tiene desperdicio, coronando el conjunto Gorki con un final muy Taxi Driver, tan trágico como solo puede serlo un final ruso, y con un constante goteo de reflexiones lucidísimas sobre lo mierdas que somos, en general, los seres humanos:

«Recordó todo cuanto decía el Pipa al referirse a la miseria del pueblo y a la riqueza del Zar, y se sintió seguro de que tanto unos como otros obraban de tal modo por culpa del miedo: a unos los asustaba su vida de mendicidad, los otros tenían miedo de empobrecer».

Gorki y un amiguete, de casquera
















Qué cosas: puede una obra ir en contra de tus exigencias éticas y estéticas (por ejemplo: la necesidad de que el autor aspire a una imposible objetividad o de que al menos disimule su visión maniquea y subjetiva de cualquier conflicto social) que, si está escrita con talento, te llega directa al cerebro y al corazón con total efectividad.

La deontología literaria, ese oxímoron. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Resumen de NOvedades

Este blog —el mejor blog literario del mundo, ¡aunque vosotros también moláis!— pretende ser un espacio prescriptivo para orientar al mareado lector que se encuentre perdido ante la jungla de novedades editoriales publicadas en su país, las cuales son un huevo. Es fácil: lo que aparezca en Mike & Libros merece ser comprado o pedido a la biblioteca o robado o, al menos, soñado de poseer. Todo lo demás, todas las novedades editoriales que no figuren tarde o temprano en este puntocom, presentan un 90% de probabilidades de ser una mierda: literatura aburrida, intrascendente, corriente, apostada, y ya cien veces vista, olida o palpada con anterioridad y por tanto desmerecedora de figurar en nuestras "ListasDeLectura.txt" particulares. Todo —¡oh, paradoja!— desde el de gustibus non est disputandum más rotundo y la ¿fiable? subjetividad del tal Miguel Alcázar que figura en la cabecera del blog. 

Sin embargo, como uno también lee de vez en cuando libros publicados en el pasado (periodo que abarca desde el 2013 hasta el 2013 antes de Cristo) y uno, de inútil y modernete, ya no sabe leer sin compartir lecturas, me resigno a romper una vez más con mi querida línea editorial de «una entrada; un libro» para hacer un pequeño resumencillo de esa literatura por cuya presencia en la librería de vuestro barrio o pueblo no puedo poner la mano en el fuego, al no tratarse de últimos productos de consumo del mercado editorial más capitalista y actual. 

Por tanto:

No será la última entrada de este tipo.

No se piensen que está escrita con detenimiento. 

No la lean: váyanse a la Wikipedia y obtendrán mejor cultura e información.



Novela de no ficción o lo que quiera decir eso en la que un ruso zumbado y payaso y también —se ve que— buen escritor alcanza la meta por la que ha luchado toda su vida: convertirse en un personaje novelesco, teniendo tanta fortuna que su biógrafo será un Emmanuel Carrère en estado de gracia que con su posmodernista (por irónico, distanciado, intromisivo, egotista) narrador logra crear una novela fascinante por bien escrita y por captar cierto misterio alrededor de una Rusia mísera y alucinada que es ejemplo perfecto de la caótica historia política y social del s. XX. 

Sus últimas páginas, en las que Carrère discute con su hijo la calidad del final de su libro ¡de no ficción!, son obra de un genio de la literatura… y punto. 


¡Más de sesenta obras tienes, César Aira! y si todas son tan buenas como esta no sé por qué no cuentas ya con el puto Nobel o algo así, porque al menos en El congreso de literatura te lo curraste y creaste una obra divertida y experimental en la que el comienzo es magistral (la anécdota del hilo de macuto y un tesoro que solo puede ser una alegoría de las soluciones creativas y de cómo estas solo pueden ser halladas por individuos concretos) y cuyo desarrollo no defrauda (la cosa va de un Sabio Loco, tan comiquero, que decide clonar a ¡Carlos Fuentes!) en gran parte debido a una prosa fluida y viva que huye en todo momento del corsé de la mímesis realista y que se pierde todo el rato en la ilusión de la más desbaratada de las fantasías (Borges meets Los tomates asesinos o algo así). Espléndido ese final de gusanos azules que nos viene a demostrar que clonando a un genio solo se puede llegar a imitarlo superficialmente, constituyendo El congreso de literatura una defensa originalísima sobre la unicidad de los poderes creativos de cada uno y, especialmente, de los de César Aira.


Yo, que soy un pipiolo, he llegado tarde al mundo de la blogosfera literaria, y muchos han sido los que me han comentado que me he perdido su mejor época (a lo que yo siempre contesto con un «¿Su mejor? ¡Pero si aún no estaba yo!»). Sin duda se refieren a la época más destroyer de Alberto Juan Mal-herido Olmos, cuando repartía leña sin parar a todo quisqui con tal fortuna que todo el mundo se ciscaba en su estampa del mismo modo en que ahora todos os vais a la cama pensando en Tongoy (ánimo, Carlos: ¡tú también podrás acabar publicando en Mondadori!). Como Olmos borró sus entradas más jugosas, yo estoy profundamente agradecido a la editorial Melusina por la publicación de este librín con varias de sus mejores ¿críticas? ¿Exabruptos? ¿Consideraciones? ¿Libelos? Lo que está claro es que desplegaba en ellas una imaginación portentosa y una escritura siempre adrenalínica que elevan la crítica literaria al nivel de arte.

¿De un arte cabrón? Eso por descontado.


Mira que era corta pero no pude con 14 porque me pareció aburridísima y de una prosa inane y poco estilosa. Sin embargo, con Ravel me sucedió todo lo contrario: trance lector, embaucamiento total por parte de un Echenoz que escribe como sin duda alguna escribirían los pájaros de poder hacerlo: grácilmente, levemente, elegantemente. Para un amante de Ravel como yo, este libro es una gozada absoluta para los sentidos: un libro que te hará vestirte mejor y hablar con voz más aflautada al siguiente día de haberlo leído.


Tengo una cosa que confesarte, Goytisolo, oh tú que probablemente seas el mejor escritor de los últimos cuarenta años en España: te mentí en ese Sant Jordi en el que te miré a la cara y te dije que me había leído el ejemplar de Antagonía que quería que me firmaras. Tú estabas solo (al lado te habían puesto a un Jorge Javier que contaba con colas kilométricas de seres infrahumanos amantes de la mierda en formato libro), yo me acababa de comprar tu libro y tú me preguntaste si me había gustado y yo no me pude resistir a esos ojos encantadores que tienes y te dije que sí (tú me firmaste: Me alegro de que te haya gustado, Miguel… ¡pobre iluso engañado!). Pues bien, Antagonía aún no (pero, eih: te prometo que lo leo antes que La broma infinita, que para mí —licenciado en Filología Inglesa con Máster en Estudios Norteamericanos— lo patrio tiene preferencia) pero este Estela del fuego que se aleja sí y me moriría por contarte que, salvo los muchos párrafos que dedicas a decir las gorrinadas que tanto necesitabais decir en los comienzos de la democracia, este libro me ha gustado muchísimo y que lo tuyo sí que era posmodernismo con clase y con enjundia y que tu novela es originalísima por estar partida por un espejo que hace al protagonista de una parte creación del de la otra y viceversa (todo esto antes de Lynch y su Carretera perdida). En definitiva, que olé tus huevos: espero verte de nuevo en algún Sant Jordi y enmendar mi estúpido (¡era joven!, ¡tenía veinticuatro años!) error. 


No es la hostia en verso pero a la vez sí porque casi todo tiene que ver con Dios y está presentado en forma de poesía. Demasiado apegado a la religión (¡cómo si eso fuera malo!, ¡qué esperabas, siendo fraile!) y demasiado apegado a la traducción e imitación de clásicos grecolatinos (y eso no lo digo yo, que lo dice don Juan Francisco Alcina, encargado de esta edición en Cátedra). Me quedo con su profunda dimensión moral y humana (Fray Luis las pasó putas, por culpa de la Inquisición estuvo en la cárcel) y con los poemas «Noche serena»«Contra un juez avaro»«A la salida de la cárcel» y «¡Oh, cortesía!»: maravillosos y merecedores de todas las estatuas que de este buen hombre se erigen por España.

De cómo la buena literatura transforma el alma humana


















Como dijera Porky en su traducción de William «¡Suficiente! o Demasiado» Blake: ¡Eso es to…, eso es to… eeeeesto es todo amigos!

Por ahora. 

jueves, 3 de abril de 2014

Discurso sobre el hijo-de-puta, de Alberto Pimenta

Pero antes detengámonos durante un párrafo en la figura de su autor, Alberto Pimenta, un portugués inclasificable que cuenta con un buen número de traducciones de su obra pero que aun así parece estar destinado a ser un escritor minoritario de por vida por dedicarse al terreno más experimental de la literatura, ese que comúnmente se presenta en forma de poemas en prosa, collages, performances y demás géneros por los que tildaríamos a Pimenta de moderno de postín si no fuera porque ya cuenta con 76 años, porque es un señor catedrático de literatura en la Universidade Nova de Lisboa y porque se trata de un autor comprometidísimo para con la época en la que le ha tocado vivir (muchos de sus libros están confeccionados como armas arrojadizas contra fenómenos como la globalización, la guerra o los peligros —que haberlos, haylos— de las nuevas tecnologías de la comunicación).

Bien, ahora podemos continuar con el libro del que se ocupa esta entrada y que no es otro que el Discurso sobre el hijo-de-puta, uno de esos raros títulos que gozan de popularidad en las librerías y que son manoseados por todo el que se topa con ellos por la originalidad que implica su propuesta. ¿Las tres bodas de Manolita? ¿Cosas no aburridas para ser la mar de feliz? Pues qué pijo, dónde va a parar: el libro de Pimenta, con esa palabrota estrella de nuestro vocabulario nacional en portada, brilla cual lucero entre tanto volumen anunciador de los mayores aburrimientos. ¿Un libro sobre los hijos de puta? Pues sí, y solo después de un muy necesario prólogo por parte de la también catedrática María Irene Ramalho —que nos obliga a tomarnos en serio lo que vamos a leer— ya nos topamos con esta breve pero a la vez vastísima enciclopedia sobre el mayor mal que asola a la humanidad desde que el mundo es mundo y el hombre es hijo de puta, comenzando con una balada del pequeño y del gran hijo-de-puta (en verso y sobre la relación entre los hijos de puta menores y los hijos de puta mayores: alimentos y alimentados respectivamente) y ya finalmente con el Discurso sobre el hijo-de-puta que da título al libro, en el que Pimenta elabora un sermón ultrapoético que se lee en estado de trance y que trata asuntos tan clave para el entendimiento del sujeto de estudio como de cómo el hijo-de-puta existe y prácticamente se encuentra en todos los lugares o de las infinitas variedades del hijo-de-puta o de cómo vive el hijo-de-puta o incluso de cómo se es hijo-de-puta full-time, apartados que una vez bien aprendidos otorgarán al lector la facultad de discernir con facilidad qué sujetos de los muchos que le rodean pueden ser proclives al hijodeputismo (o no, pero Pimenta da algunas pistas —viven obsesionados por la (in)felicidad de los demás, ven en la muerte el capítulo más importante de sus vidas, son exactos representantes de lo que se viene a denominar un «hombre civilizado»— que algo pueden ayudar).

De la imposibilidad de no ser original teniendo ciertas caras

















En fin, una de esas deliciosas rarezas que de vez en cuando caen en nuestras manos y que no nos gustan por ser rarezas sino por ser rarezas y además estar maravillosamente escritas (otro ejemplo en las Gracias y desgracias del ojo del culo de Quevedo). Un libro con el que se marca un (otro) tanto la editorial logroñesa Pepitas de calabaza y ante el cual el lector susceptible de ser insultado no sabrá si acercarse o no, pues Pimenta enseña en él que el hijo de puta recela de «todo cuanto es nuevo, bello y agradable» (adjetivos aplicables a este librín) pero también que «de este discurso el hijo-de-puta sacará en claro alguna enseñanza», dejándonos con pocas opciones a la hora de definirnos y recordándonos que lo más probable es que, como con Hacienda, hijos de puta seamos todos. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Citas de marzo

«I agree that it’s been a good time for the novel in America, but I can’t say I know what accounts for it. Maybe it is the absence of certain things that somewhat accounts for it. The American novelist’s indifference to, if not contempt for, “critical” theory. Aesthetic freedom unhampered by all the high-and-mighty isms and their humorlessness. (Can you think of an ideology capable of corrective self-satire, let alone one that wouldn’t want to sink its teeth into an imagination on the loose?) Writing that is uncontaminated by political propaganda — or even political responsibility. The absence of any “school” of writing. In a place so vast, no single geographic center from which the writing originates. Anything but a homogeneous population, no basic national unity, no single national character, social calm utterly unknown, even the general obtuseness about literature, the inability of many citizens to read any of it with even minimal comprehension, confers a certain freedom. And surely the fact that writers really don’t mean a goddamn thing to nine-tenths of the population doesn’t hurt. It’s inebriating».

Philip Roth, «My Life as a Writer», The New York Times


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«Toda literatura es metaliteratura por definición».

Rodrigo Fresán, entrevistado en Lavanguardia.com



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«La ficción es una forma única de explorar el interior de la psicología humana. La evolución de los personajes a lo largo del tiempo nos permite ampliar nuestro conocimiento de la naturaleza humana. Cuando terminamos Madame Bovary o Anna Karenina, sabemos más de la vida que antes de empezar esas lecturas. La ficción nos enseña más acerca de la vida que un tratado de filosofía moral, una pintura, una composición musical o cualquier otra forma artística».


Dona Tartt, entrevistada por Eduardo Lago en El País.

jueves, 27 de marzo de 2014

Deudas vencidas, de Recaredo Veredas

Novelas de la crisis sí, novelas de la crisis no.

Pero, si tienen que venir, que vengan con la forma de Deudas vencidas, novela publicada por Salto de Página que a su vez finge la forma de un diario (afortunado recurso narrativo para dar rienda suelta a contradicciones en primera persona que permitan a su narrador evitar juicios simplistas y rotundos) cuya primera entrada arranca con una frase —«Contratar a un matón no es fácil para nadie»— que ya engloba la irónica y divertidísima crítica social que va a actuar de bajo continuo a lo largo de toda la novela. El encargado de rellenar las páginas que leemos será el grandísimo personaje y peor persona Osmundo, un recobrador de morosos que, pobrecito, se ha visto obligado a echar mano de asalariada violencia del este con el fin de mantener el alto nivel de vida al que estaba acostumbrado antes de que la crisis convirtiera a muchos españoles en pobretones necesitados de un buen escarmiento que les haga recordar el lugar del escondite casero donde guardan esos billetes de colores fosforitos. Este Osmundo, del mismo palo que el Joan-Marc protagonista de la última novela de Gonzalo Torné, es sin duda el mayor atractivo de la novela, aunque más que como personaje como hilarante narrador que se dedicará a repartir toda la leña con la que Veredas ha cargado su espalda, que es tanta que hay para todo Dios: para los mandamases causantes de la crisis («el asesinato es la continuación por otros medios de la política»), para la divina intelectualidad de izquierda (esos «pijos diletantes que encima quieren tener buena conciencia»), para los integrantes del mundillo literario (se me olvidaba: Osmundo es también escritorzuelo de tercera división, tan arribista que sería capaz, según sus propias palabras, de abrazar al asesino de sus padres o hijos con tal de publicar su última obra en una editorial de prestigio), y en fin, para el larguísimo etcétera que encarna el simpático cabronazo de Osmundo (qué bien suena —en la ficción— la denuncia política en boca de un opresor y qué de baratillo y panfletaria en boca de un oprimido):

«Mis páramos son los de millones de españoles, de generaciones enteras acunadas hasta la vejez, que se perderán por los desagües del amor. Una generación que creyó que el mundo sería siempre azul celeste y que en España habría lugar para cientos de miles de abogados, ingenieros forestales, biólogos, periodistas y filólogos. Millones de puestos de trabajo que correspondieran con su formación germánica, licenciados suficientes para llenar las necesidades de Japón o California. Ingenuos que creyeron en la bondad universal y en que, entre los rastrojos, aún manchados por jeringuillas, del sur de las ciudades, bajo las sombras de las cementeras, en tierras donde nunca ha crecido ni el más humilde de los cereales, habría promociones de lujo asiático, que sus hijos crecerían y jugarían en jardines de verde esmeralda y ellos podrían pasar las tardes jugando al pádel y contemplando un horizonte eternamente feliz. Pero no había sitio para todos. Y de esa carencia vivo yo. El ejecutor».


Hace más o menos un mes fui a la presentación de este libro en la librería Pequod en Barcelona, y el tipo de arriba de estas líneas me pareció muy buena gente y algo así como un hombre divertido (por ocurrente) y muy, muy ilusionado con la publicación de su novela. Sin embargo, desde que me he terminado Deudas vencidas no paro de darle vueltas a un asunto: ¿puede una —sea lo que sea esto— buena persona escribir una novela con tan mala leche? No lo sé, no lo sé: se me hace muy complicado que, sin un punto importante de maldad dentro del cuerpo, uno pueda escribir una sátira tan mordaz como esta, de narrador tan políticamente incorrecto, de lucidez tan feroz, de humor tan berlanguiano, de final tan… tan realista y espléndido y cabrón.

Novelas de la crisis sí, novelas de la crisis no.

Novelas buenas sí, novelas malas no. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Malos consejeros

Menuda se ha montado. Cormac McCarthy (autor ganador de los premios más prestigiosos de Estados Unidos  —suyos son el Pulitzer, el National Book Award y el PEN/Faulkner—, novelista distinguido por Harold Bloom como uno de los mejores de su generación y recurrente candidato al Nobel de Literatura) ha escrito un guion cinematográfico que, si atendemos a los críticos literarios de medio mundo, resulta ser basura. Las especulaciones sobre la razón de tan mal texto por parte de un autor tan ejemplar propagadas en papel y en digital estos últimos meses varían desde las que insinúan una acuciada ansia monetaria en el ya octogenario autor y las que achacan tal error en su producción a un supuesto analfabetismo cinematográfico y, si bien no es asunto mío debatir todos estos juicios de valor, sí es cierto que al escribir mi primera reseña para esta revista me asaltan ciertas dudas: ¿de verdad es tan mala la última obra de este portentoso escritor, tan alabado en las últimas décadas dentro y fuera de su país? ¿Realmente merece tal escarnio consensuado? ¿Es esta, tal y como se afirma, una pieza tan dispar dentro de una producción literaria que cualquier escritor actual querría ver rubricada con su nombre y apellidos?

El consejero es una tragedia griega adaptada a nuestro tiempo: las páginas que tienen lugar antes de la aparición de los créditos cumplen la misma función situacional que un prólogo en el teatro clásico, las largas conversaciones del consejero con otros personajes la de los episodios dramáticos (repletos de agones o manifestaciones de las ideas morales del héroe trágico a través de la dialéctica) y el final —predeterminado, que no cliché— es equivalente al éxodo en el que el protagonista se constata del error de su hybris, sufre el pathos y es castigado por los dioses (esa Malkina, digna sucesora del guerrero Marte y deudora de otros hipnóticos y malévolos personajes —el juez Holden, Anton Chigurh— de su creador). Este aprovechamiento del clásico descenso a los infiernos no es nuevo en la obra de McCarthy pues ya sentó los cimientos de la sobresaliente No es país para viejos, novela con la que El consejero guarda numerosas similitudes tanto argumentales (básicamente nos encontramos ante la misma historia moralista de punible ambición desmedida) como formales (la importancia del perspectivismo, la simultaneidad de distintas líneas narrativas o la cinematográfica cualidad de sus pasajes descriptivos). De hecho, la que posteriormente fuera adaptada a la gran pantalla por los hermanos Coen (con mucha mejor fortuna, todo hay que decirlo, que la escogida por un cada vez más prosaico Ridley Scott) no es la única obra cuyos rasgos compartidos demuestran que El consejero es puro McCarthy, ya que en este guion cinematográfico están presentes la simbólica y surrealista violencia de Hijo de Dios, la estructura fragmentaria de Suttree, el tono ominoso y bíblico de Meridiano de sangre, el trágico romanticismo de la trilogía de la frontera, la desesperanzada visión del ser humano contemporáneo de La carretera y los maravillosos diálogos de la teatral El Sunset Limited (con sus correspondientes monólogos entre nihilistas y ultracristianos, tan salpicados de frases poéticamente lapidarias).



Se podría esgrimir que tantas semejanzas convierten a El consejero en una obra menor dentro del corpus mccarthiano debido a su falta de innovación imaginativa, aunque estos parecidos también evidencian que este es un texto cuyas bondades requieren nuestra más seria atención por retomarse en él temas, situaciones, personajes y recursos estilísticos de algunas de las mejores novelas norteamericanas de los últimos treinta años. Por ello, uno no puede más que sumarse a las pocas voces críticas que han salido a la defensa de este guion cinematográfico (pienso en Robert Saladrigas desde Cultura/s o José María Guelbenzu desde Babelia) e invitar al amante de la literatura del escritor de Rhode Island a que se zambulla de nuevo en un oscuro cuento de hadas de estremecedora moraleja y propósito descarnadamente crítico para con nuestras lacras éticas contemporáneas. Si al finalizar su lectura se descubre a sí mismo habiendo disfrutado de este trágico y catártico relato se reafirmará en lo importante de no prestar una atención desmedida a determinados críticos literarios, tan dispuestos siempre a ejercer de fastidiosos y nocivos consejeros culturales.

[Reseña publicada en el número de marzo de la revista Quimera]

jueves, 13 de marzo de 2014

Mejor que vivir, de Miguel Noguera

No se deberían escribir reseñas de los libros de Miguel Noguera. Se debería, si acaso, hacer un dibujete de un tipo con gafas (¡a todas luces el crítico!) frente a una mesa sobre la cual este esté a su vez garabateando algo indeterminado. Acompañaría a la ilustración algún párrafo del tipo «RESEÑA-DIBUJO: En lugar de escribir sobre el estilo y el contenido de un libro, el crítico dibuja algo que, joder, capta a la perfección TODO lo que se puede transmitir del texto. Abstracción pura como medio de alcanzar una opinión cultural altamente compleja».

O algo así, no sé (en verdad me he copiado de una alabanza de Roberto Bartual en la solapa de Mejor que vivir en la que dice que «no deberían escribirse críticas ni reseñas sobre los libros de Miguel Noguera» y después no sé qué de David Foster Wallace).

Pero es que, a ver: ¿qué os digo yo que no os puedan decir las —en palabras del autor— «anotaciones ilustradas» de Miguel Noguera?





Además de escritor e ilustrador, Miguel Noguera es monologuista. Los monologuistas son los humoristas más famosos de este país y yo odio a más no poder a los monologuistas (no me explico cómo leches os pueden hacer tanta gracia unos tíos que desde el comienzo os piden a gritos, tan explícita y miserablemente, haceros gracia) pero lo de Noguera es algo diferente. Mientras que los demás monologuistas basan sus supuestas agudezas en la referencia a la realidad más cotidiana (ese «esto es como cuando vas a casa de los suegros…» y tú despollándote porque el domingo ¡fuiste a casa de tus suegros!), Noguera, ya sea a través de sus Ultrashows o de sus libros, parece justamente buscar lo contrario: huir de esta realidad, buscar sus fisuras para escapar de ella o crear una realidad alternativa e imposible en la que una pequeña variable joda todo el sistema que creemos férreo y seguro y aprehendido. Esto puede venir dado por una flecha de crema, una bolsa de papel enorme o una muleta con teléfono móvil integrado (ya se imaginarán la hostia), conceptos que por poco podrían pasar por normales pero que, uy, está claro finalmente que vienen de otra jodida realidad ontológica (la de la cabeza surrealista —porque esto, claro, es surrealismo— de Miguel Noguera, por ejemplo).



Los protagonistas de estas páginas son gentecilla tan variopinta como detectives que investigan desde columpios infantiles, médiums que contactan con fantasmas tan antiguos que no nos interesan, modelos con caparazón de tortuga atornillado a la espalda y, con gran presencia, Iker Jiménez diciendo gilipolleces. Los conceptos que pueblan Mejor que vivir son del tipo «Conducir el coche desde fuera VOLUNTARIAMENTE» o «Cantar SUBIDO al cable del micrófono» (y algunos, como el de los vídeos de las caídas de perros, tampoco tan descabellados y hasta con un gran componente de crítica social). La literatura de este libro —que la hay— está en frasezacas como  «condujo un juego inocente al Gran Juego de la Locura» o «incómodo para él, y para nosotros al imaginarlo». La cohesión textual de este párrafo, como habrán observado, no existe, por lo que pasamos al

siguiente, que es el penúltimo, el cual voy a aprovechar para contradecir dos afirmaciones que creo recordarle a Miguel Noguera en las últimas entrevistas de prensa que le he leído (autores, aprovecho: vosotros sabéis tan bien como yo que no tenéis ni puta idea de nada, así que no deis entrevistas y ocupad ese tiempo en dibujar o escribir o, qué sé yo, darle gusanitos a los desnutridos patos del parque del barrio new pijo donde vivís). Lo primero que (creo recordar que) decía Noguera era que en Mejor que vivir había menos texto que en sus anteriores libros con Blackie Books y que se focalizaba más en la imagen. Yo, sinceramente, veo que la cosa sigue igual que siempre salvo por el hecho de que tenemos tapa blanda (mal) y de que tenemos como el triple o el cuádruple de ideas noguerianas entre portada y contraportada, lo que en el caso de Miguel Noguera siempre significa BIEN. Lo segundo que decía era alguna mariconada como que no se sentía ni buen dibujante ni buen escritor… Supongo que será falsa modestia (¡espero que sea falsa modestia!), porque, si sí es cierto que nos chocaría encontrarnos sus ilustraciones expuestas en el Museo del Prado (pese a que son admirables e insustituibles para con este universo humorístico), escritor lo es y como la copa de un pino de un árbol de navidad (los que os hayáis leído el libro pillaréis el chiste), con un don para la elección de la palabra o expresión exactas que más quisieran para sí muchos escritores de los considerados de postín en este país.

En resumen: ya se nos está haciendo larga la espera hasta su siguiente libro.