miércoles, 17 de septiembre de 2014

Catalanes todos, de Javier Pérez Andújar

Como muchos de los foráneos que tenemos la suerte de vivir en Cataluña —y la desgracia de vivir en Barcelona— esto tan importante que está sucediendo por estas preciosas tierras me la trae completamente al pairo. El otro día, con eso de la ve baixa pasando por la puerta de mi casa (Avinguda Diagonal en la actualidad, Avenida del Generalísimo en 1978), yo lo pase justamente ahí, en mi casa, y sin la menor pizca de remordimiento. No me entiendan mal: me parece estupendo que cada uno haga con su día libre lo que le salga de sus partes, pero es que a uno, como manchego y españolito cansado y desarraigado que es, esto de las patrias y los pueblos le hace ante todo gracia y le suena a otros siglos por los que tengo poco interés más allá de su literatura.

Esto solo por si consigo algún comentario de españoletes o catalinos; ahora vayamos con lo importante, la reseña.

No había leído nada de Pérez Andújar hasta el momento y sabía que estaba cometiendo una falta imperdonable, pues escritores patrios [a rellenar con la patria que usted desee, y si es muy jipi ¡elija el mundo por respuesta!] cargados de ligereza y sentido del humor tampoco vamos tan sobrados como para obviarlos. Por tanto, alegría por la decisión (comercial) de Tusquets y (literaria) del autor de Sant Adrià de Besòs de volver a publicar el que fuera ¿primer? ensayo de Pérez Andújar, Catalanes todos. Las 15 visitas de Franco a Cataluña, convenientemente reconvertido en obra de ficción —que es lo que aquí principalmente nos interesa, pues como opina su autor “la novela habla con mayor profundidad de la realidad que el ensayo, que es más claro y preciso, y por tanto más superficial”— y con una obra de teatro inédita (también jodidamente oportuna al versar sobre el recientemente fallecido Suárez; de nuevo alegría para los editores de Tusquets) a modo de apéndice.

Y no creo que haya sido mal sitio para comenzar con este autor, no…

Catalanes todos empieza desde el minuto cero con mucha guasa, sin ir más lejos chivándonos el autor que la novelita “no pretende ser otra cosa que una carcajada general”, teniendo que ver las cursivas, claro está, con Francisco Franco Bahamonde (Paquito para los amigos) y el título de la obra con el afecto que gran parte del honorable pueblo de Cataluña mostró siempre por tan ilustre dictador (nos recuerda Pérez Andújar que Franco hizo hasta quince visitas a Cataluña en cerca de cuarenta años, que no son pocas). Y de esto va esta divertida novela, de diversos personajes (muchos —supongo que los más inverosímiles— se ve que reales, algunos inventados) franquistas y catalanes yendo y viniendo por Barcelona y aledaños y por las páginas de este libro, desde la entrada triunfal del ejército rebelde en la capital catalana (“una locura de vivas gritados por una ciudad de muertos de miedo”) hasta un delirante final de ciencia ficción (con cápsulas de descrionización de por medio) ambientado en 2014 y en el que Pérez Andújar se mofa a base de bien de las tan emotivas cadenas humanas por la independencia de Cataluña que vemos en la 3 y en TV3 estos días (“¿A qué nos ha llevado en Cataluña este ‘y yo más’? Pues a eso, a yo y a Mas”), pasando de refilón por la Cataluña de Pujol (tan similar al oído como “la España de Franco”) solo porque al enviar a imprenta aún no se habrían enterado editor y autor de que el molt honorable ya estaba llamado a no serlo tanto… pero muy mediáticamente. ¿Entremedias? Anécdotas, un sinfín de anécdotas, una divertidísima mezcolanza de prosas (artículos, documentos oficiales de la época, canciones populares, además de la excelente y juguetona del autor), multitud de modos narrativos (tenemos vodevil, ucronía —“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, las milicias libertarias han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Viva la libertad»— cancioncillas, etc.), muchos, muchos personajes (“aristócratas y notables burgueses, pequeños comerciantes y menestrales, oficinistas y obreros… Catalanes todos”) y, sobre todo, infinita mala leche y una envidiable clarividencia para el análisis de la historia reciente de todo un pueblo, así como para llegar a una tesis nada complicada pero que no todo el mundo parece ver: que esto de los sentimientos patrióticos vienen en muchas ocasiones dados, simplemente, por el dictado de una clase gobernante a la que solo le preocupan la nacionalidad —suiza o andorrana— de sus cuentas bancarias y para la que millones de gente en la calle son simplemente billetes con patas a los que hay que mantener ilusionados a toda costa (sea esta brava o no). 



Después viene La dimisión (¿título inspirado en la citada El rey que rabió? ¡Con lo que a mí me gusta la zarzuela… con minúscula!) que está ambientada en la Moncloa del mayo de 1980 y que tiene por tema la dimisión de Adolfo Suárez. La supuesta obra de teatro (en realidad dice Pérez Andújar que es más "una obra de Estudio Uno")  bebe del vodevil, de la comedia de gags americana, y de los monólogos del tío de José Luis Moreno (!) y es un descacharrante repaso a ese espíritu de la Transición —aquí simbolizado por una bailarina de burlesque con borlas rojigualdas por pezoneras y águila negra en el tanga— al que Pablo Iglesias se la tiene jurada y a esa “democracia de televisión” que vino a representar el segundo presidente del gobierno de la España democrática reciente, escrito a la vez desde el cariño (a fin de cuentas, eso de dimitir nos resulta muy exótico en 2014) y desde la ironía más mordaz pero, sobre todo, desde la guasa, el ingenio y el sentido del humor más absurdo. 

También muy buena, también muy divertida, con magníficos juegos de palabras y con multitud de chistes que al lector estúpido y sin gracia espantarán, pero que a otros como el que esto escribe, encandilarán.




Pues lo dicho: un gustazo ambas lecturas y que cada cual piense lo que le salga de los huevos sobre la cuestión catalana y el estado de salud político de l'Estat espanyol: yo —entre Mas, Junqueras, Rajoy, Sánchez, Iglesias y demás troupe— me quedo con Javier Pérez Andújar.

viernes, 12 de septiembre de 2014

De obras mayores y menores

Siempre desconfío de aquellos lectores que prefieren las caras B de un autor a sus obras más destacadas (es decir, para que me entendáis: considerar que La peste es mejor que El extranjero, La biblia de neón mejor que La conjura de los necios, Las olas mejor que La señora Dalloway, Santuario mejor que El ruido y la furia, A este lado del paraíso que El gran Gatsby, Pabellón de reposo que La colmena, etc.) y siempre sospecho que detrás de esos supuestos criterios independientes se esconde un deseo un tanto pueril de desmarcarse de la canonizada opinión del vulgo, de tirarse el pisto yendo de original, de cuñadismo literario del que está en posesión de un secreto que los demás no podemos ni llegar a intuir (y si no, probad a trasladar este asunto a otras artes mediante hipotéticos "El color del dinero es la mejor película de Scorsese", "Las meninas no es el mejor cuadro de Velázquez", "El licor café de Galicia no tiene nada que hacer contra el de Cuenca" y echaos unas risas), porque, joder, ¿no os dais cuenta del trabajo que ha costado —de la cantidad de lectores a los que ha fascinado, del número de críticos que tuvieron que jugarse su reputación, del mogollón de estudiosos de la literatura que han dedicado años o siglos a cuantificar su importancia en el río de la historia de la literatura— aupar una obra a "Obra Más Relevante de un Escritor"? ¿No os dais cuenta del acto de prepotencia que supone el ir en contra de una corriente —tan mayoritaria— en la que han participado millones y millones de inteligencias agudísimas? ¿Pensáis que el Hamlet de Shakespeare, el Quijote de Cervantes o el Ulises de Joyce vinieron ya al mundo consideradas las obras más importantes de sus autores? Pues vais a venir vosotros a mearos en tanto esfuerzo y consenso y a descubrirnos que en realidad el auténtico genio del primero reside en Coriolano, el del segundo en Rinconete y cortadillo y el del tercero en Exilios…

Suerte.

lunes, 8 de septiembre de 2014

El libro tachado, de Patricio Pron

Segundo ensayo [esto es mentira, pero se me ha ocurrido esta introducción y no la voy a cambiar ahora] que me leo este año y de nuevo es de Turner y de nuevo va de libros (qué quieren que les diga: habrá otros temas, pero el que más me interesa —¿el único?— es este). El libro tachado (El libro tachado©) es —y no es— un libro de Patricio Pron en el que el escritor argentino recoge un sinfín de anécdotas en torno al tema multiforme de la desaparición de la literatura o la desaparición de los autores o la desaparición de ciertos libros… en definitiva, de esos libros y autores que tuvieron más que ver con la anulación que con la afirmación, con el “no” que con el “sí”, etcétera (Barthes, Vila-Matas, Foucault, ya saben). En este cajón de sastre entran los libros plagiados, los libros destruidos o perdidos, los libros quemados (la humareda estadounidense de Harry Potters tiene que llegar ya a la luna), los libros condenados por sus autores (y según varios investigadores, Kafka le dio sus manuscritos a Max Brod sabiendo de antemano que este no los quemaría), los autores asesinados (esos quinientos escritores asesinados en cárceles soviéticas, por ejemplo), los autores incómodos (¿leeríais —y seríais imparciales con— una novela de Sadam Husein o Muamar el Gadafi? Porque escribieron varias), los autores encarcelados (echo de menos al más notorio, mi tocayo, en esa sección), los autores suicidas (ocho páginas de letra minúscula, para los que nunca tenéis suficientes suicidios literarios con los que empezar la mañana), los falsificadores (y cómo ha cambiado la relación texto/verdad a lo largo del tiempo, con Daniel Defoe publicando Moll Flanders con pseudónimo de mujer y nadie escandalizándose por ello), los autores que hemos de desarrollar nuestra actividad en tiempos de crisis y varios etcétera que terminan por dar forma a una colección de casos literarios fascinantes que hacen de El libro tachado una lectura entretenídisima (you will like it if you liked Esto no es una novela de Markson, Libros malditos, malditos libros de Díez Jayo o Bartleby y compañía de Vila-Matas) en la que su autor hace gala de un saber enciclopédico (el chico tiene un doctorado, y con este libro-tesis podría conseguirse otro) sin aburrir al lector y, además, mojándose y metiéndose con aquellas formas de literatura que no son del todo de su agrado (acusa a El hacedor (de Borges) Remake de Fernández Mallo de ser “singularmente pobre” —con lo cual no estoy de acuerdo—, a El País de ejercer una “práctica superflua” y un “simulacro de horizontalidad” con eso que sacaron hace unos meses de la escritura colaborativa, y a autores fascinados por las nuevas tecnologías —nombra a Jorge Carrión y a Tao Lin, entre otros— de beneficiar “a los sectores más conservadores de la sociedad que pretenden abolir la literariedad, esa cultura vinculada a la palabra escrita de la que pende todo aquello que parece valioso en nuestra sociedad”). En fin, un estupendo repaso a la cara B de la historia de la literatura y a la “ficción cultural de una literatura sin autores”, esa formada por

“Todos los libros destruidos y quemados y los textos jamás escritos e incluso los ilegibles…

que

… son el reverso necesario de la literatura que nuestra cultura ha preservado: le sirven de trasfondo pero también de advertencia sobre su propia fragilidad”.

Aunque, como nos demuestra Pron, y en contra de lo que pueda pensar un Vila-Matas, siempre sea “mucho más singular y misterioso que alguien escriba que el hecho de que no lo haga o deje de hacerlo”. 

Y para muestra, este ensayo.

jueves, 4 de septiembre de 2014

De lecturas adolescentes

“Te lo digo de gratis” y “Rock 'n' roll.”, del modo dicho en las novelas de Irvine Welsh y Bret Easton Ellis respectivamente, son las dos únicas frases que, extraídas de la literatura, he incorporado a mi forma de hablar habitual, con lo que es muy probable que si estás hablando conmigo aproveche la ocasión para soltarte un “te lo digo de gratis” (por ejemplo, antes de decirte que esta noche nos lo vamos a pasar fetén) o un “Rock 'n' roll” (por ejemplo, después de que me digas con cara preocupada que ya se ha hecho tarde). Ambas frases vienen de novelas que devoré en la adolescencia y que me permitieron descubrir que había una literatura salvaje y rápida y potente y divertida (y, además, buena) que podía competir en igualdad de condiciones con las pelis, con los videojuegos, con salir por ahí con los amigotes y demás etcéteras de juventud de pueblo manchego, y ahora reencontrándome con la primera de ellas (en Skagboys, la excelente nueva novela de Welsh) pienso, a modo de paja mental literaria, que llevan razón todos esos plastas que hasta hoy he considerado simples valedores de lugares comunes cuando dicen que nada puede igualar la potencia de las sensaciones que el cine y la literatura y la vida en general nos provocaban en la juventud, para lo cual incluso me acuerdo de un amigo mío, biólogo, que me dijo que esa idea tenía su razón de ser en una explicación científica por la cual el ser humano tiene más noséqués en su organismo en la edad que va de los catorce a los dieciocho años, más o menos, que más adelante, por lo cual puede uno pensar que nunca leeremos nada que nos remueva tanto nuestro interior —con el asombro que me provocó la lectura de American Psycho, por ejemplo, al cogerla prestada de la biblioteca familiar de un amigo en una horrible edición que daban con El Mundo “porque iba de un asesino” y “porque se había hecho una película sobre ella”— como las decisivas lecturas que, febriles, consumimos en nuestra adolescencia.

De gratis os lo digo. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Leyenda de un suicidio, de David Vann

Pues me ha venido de perlas esta reedición por parte de Alfabia de uno de los (¿de el?) best sellers de su corta trayectoria ya que los libros del David Vann este se me iban pasando, despistado como soy, año tras año, ya tuvieran críticas regulares (los posteriores) o tan excelsas como las dedicadas a Sukwann Island, la novela corta que dio a conocer a este autor con apellido de furgoneta en España (que me pregunto: ¿por qué no se publicó esta novelilla integrada en el conjunto del libro que hoy nos ocupa, como en el resto del mundo?).

El caso es que ya he leído esta colección de prosa del estadounidense (repetimos: Sukwann Island + cinco relatos = Diario de un suicidio) y he de decir que por un lado me ha impresionado positivamente y que por otro no tanto. Lo bueno va primero y comienza con un dato de carnaza que creo recordar acompañaba toda la promoción de la novella cuando salió allá por [paso de mirar en Google: ¿2010?]: el padre del señor Vann se pegó un tiro después de que un David de trece años le dijera que prefería quedarse en California antes que acompañarle de viaje a una remota isla de Alaska (¿que tú hubieras elegido lo mismo? ¡Pues toma trauma!). Este dato tan amarillista y que tan poco tiene que ver con la literatura resulta que no es tan amarillista y que sí que tiene que ver con la literatura: el libro se lee de otra manera desde el minuto cero en caso de conocer esta información que, recuerdo, no acompaña esta reciente edición que yo me he leído. La cuestión es que uno va leyendo estas trágicas historias interconectadas (podríamos decir que Leyenda de un suicidio es casi una novela por relatos, un género que me fascina) y colindantes con el realismo sucio (ecos de Carver, ¿no?, como en todo) y el gótico estadounidense (Cormac McCarthy en unos agradecimientos al final del libro que podrían haber incluido también el apellido Faulkner) y uno va engrandeciendo el mundo ficcional del autor precisamente por su condición expurgadora: sabemos al leerlo que para Vann este libro no representa lo mismo que para un joven español (de ejemplo un servidor) contar lo que hizo el último fin de semana en el bar de la esquina, sabemos que sudaría sangre para escribir pasajes tan duros como los de algunas sorpresas increíblemente efectivas (todos los que os habéis leído el libro sabéis de lo que hablo) que están diseminadas a lo largo de estas presumiblemente veraces prosas de corto recorrido.

¿Y lo malo? Pues que la prosa de Vann no es para tirar cohetes, pues está tremendamente doblegada a las historias que forman Leyenda de un suicidio (unas historias, por cierto, que no guardan coherencia de un relato a otro, característica que no atribuiría nunca al despiste del autor y del editor —por algo lo de leyenda— pero que a mí no me ha terminado de convencer) y que, mientras en un McCarthy nos da igual lo que nos cuente porque hay verdadera poesía en sus frases, en Vann sí que rebaja algunos puntos al resultado final por tener todo un estilo demasiado funcional, sin llegar a impregnarse del tono de la literatura comercial pero bordeándolo en muchas ocasiones (y qué rollazo todas las páginas que el autor dedica a explicarnos asuntos tan apasionantes como la pesca y conservación del salmonete alaskeño y otras especies alimenticias de nombres incluso más exóticos que los de la también mccarthiana Intemperie).

"Añadir leyenda" me dice Blogger, y nada más apropiado, la verdad



















Pues eso, que ya me he quitado la espinita vannesca de la mejor forma posible y, aunque no sé si repetiré, he decir que he leído Leyenda de un suicidio con interés y que he encontrado en este libro una veracidad emocional que hacía tiempo que no encontraba en una obra de ficción, una sensación de mal rollo pura, instintiva, emocional, que solo podía desprender la ficción de un autor con un historial vital tan específico como el del autor —regocijo— que dio en escribir el libro.

No me explico cómo aún no han hecho la película.

lunes, 18 de agosto de 2014

De ciertos lectores de LBI

Leyendo La broma infinita no puedo evitar preguntarme por las contundentes y bipartidistas reacciones que esta novela provoca en todos aquellos que la leen e, incluso, en los que la abandonan al poco de empezarla: ¿de verdad les parece tan “aburrida” e “insoportable” y “complicada” a los segundos? ¿De verdad les ha encantado TANTÍSIMO a los que sí consiguieron —atención al verbo y al afán masturbatorio de aquellos lectores que se empeñan en leer mamotretos como si se tratara esto de la lectura de completar ocho miles, como si tuviera algo que ver la longitud de una novela o un cuento o un poema con su calidad, como si un cuadro de Velázquez fuera mejor que uno de Van Gogh por ser los del primero, además de mejores, claro, más hermosotes, más sanotes, etc.— terminarse la supuesta obra maestra de David Foster Wallace? Respecto a estos, los campeones: ¿no hay nadie que se la haya conseguido terminar —qué sé yo: motivado por un afán crítico de primer orden— y que le parezca una novela regulera, una novela de esas que “están bien”, un ejercicio notable o, directamente, una bazofia que no merece tantas páginas y tanto tiempo invertido en una sola obra —tiempo que obliga a dejar de lado a otras veinte mil no, pero sí trece obras maestras más cortitas, más sensatas para con la distribución del tiempo libre de los lectores del s. XXI— y, por tanto, una lectura decepcionante? Yo, miren, estoy seguro de que haberlos haylos: gentecilla que ya de antemano, en un 1995 en el que la frase de Hamlet todavía pertenecía a un solo autor, YA sabía que La broma infinita le iba a encantar porque, claro, era un tocho y estaba escrita por un académico depresivo estadounidense y venía de cierta tradición posmodernista norteamericana que, buah, era lo más, lo que había que leer, lo único serio de verdad que parecía haberse dado en la segunda mitad del siglo XX… y me fascinan estos lectores, qué le voy a hacer, a los que si les gusta El arco de iris de la gravedad también les gusta Los reconocimientos y también les gusta La broma infinita y también les gusta Submundo y que, bueno, qué coño, me parece que mienten más que hablan (¿no puede ser que a uno le guste más la obra de Pynchon que la obra de Wallace pero menos que la de DeLillo?, ¿tienen que estar todos juntitos en el podio, solo por jugar al mismo juego literario?) o, al menos, que son unos lectores limitadísimos si solo lo flipan con este tipo de obras (hay ciertas editoriales que parecen publicar solo esto, pero ese es otro —por comercial— tema) y no se dejan sorprender por, qué sé yo, una novela contemporánea de realismo social, una novela humorística, una novela política, etc., tan tan parecidos a esa raza de lectores a los que probablemente consideren sus antagonistas: los lectores de literatura de género que solo leen libros (y solo ven películas y solo compran cuadros y solo comen pastelitos) de terror o de aventuras o de ciencia ficción o de amor o de pollas en vinagre que sí, que están muy bien, seguro, que nada de malo en ellos, que además permiten a una persona tener un mundo propio muy trabajado y encaminar así su creatividad hacia un campo creativo muy fecundo, pero ¿no será que ustedes están más interesados en el lado oscuro/romántico/sexual/político/social/del ser humano que en la literatura y en la estética y en las características formales de una obra literaria? ¿No será que este hipotético lector de La broma infinita al que me refiero está más enamorado de sí mismo —y de hacerse el interesante, y de ser posmoderno— que de la literatura, y que lo que más le importa es pasar páginas hasta terminar un libro del que está deseando pregonar que le ha gustado?

En las redes sociales, a esto lo llaman postureo

Y que conste —cómo no, teniendo en cuenta que me lo pienso terminar— que a mí LBI me está encantando.

lunes, 28 de julio de 2014

NOvedades y abandonos #3

NOvedades


Excelente novela política que me reconcilia con un autor del que anteriormente solo había leído Los detectives salvajes (ese novelón irregular pero con preciosos —pienso sobre todo en el final de los dibujitos— pasajes de buena prosa poética) y que supone una fascinante indagación en el lado oscuro de un país (Chile, "ese árbol de Judas") en dictadura a través de la confesión alucinada y fantasmagórica de un excrítico literario del Opus Dei al que todas sus complicidades para con el régimen le pasan factura moral al final de sus días (interesantísima la relación entre intelectualidad y política que recoge esta novela por la que deambulan numerosos personajes reales como Pinochet y Neruda). Una fascinante "tormenta de mierda" (la novela en un principio se iba a titular así) escrita con maestría y originalidad —consta solo de dos párrafos, ¡y el segundo es solo una frase!— que por fin me hace entender la locura colectiva que todos sentís por el nombre de Roberto Bolaño.


La obra maestra que es la película de Forman se basó en esta obra de teatro de Peter Shaffer y esta en la ópera Mozart y Salieri de Rimsky-Korsakov, que a su vez tomaba inspiración de un drama en verso de Pushkin pero, eh, quietos paraos, nos quedamos con Shaffer y con esta maravillosa obra de teatro que es de lectura obligatoria para los amantes del oscarizado filme por eso de profundizar en algunos aspectos de la trama (aquí hay más monólogos de un Salieri mucho más blasfemo y enemistado con Dios, por ejemplo, y todo el asunto del asesinato se explicita mucho más) y por conocer en su origen esta historia de unilateral rivalidad artística entre el “patrón de los mediocres” y un Mozart fascinantemente “extravagante, caprichoso y despilfarrador”, personajes que ya han pasado a la memoria colectiva como dos ejemplos simbólicos de lo que es un genio y lo que es un wanna-be —que no es lo mismo— de genio. (Y por cierto, para los que aún no se han enterado: tanto la obra de teatro como la película no presentan el hecho del asesinato de Mozart a manos de Salieri como real: ¡todo sucede en una historia enmarcada en la confesión del segundo, personaje a punto de morir enloquecido!).


Este ha sido regalo de cumpleaños y me ha venido de perlas porque era el único libro que me quedaba por leer del genio del humor Miguel Noguera. Hervir un oso viene firmado por él y por un tal Jonathan Millán del que nunca había oído hablar —tampoco de la editorial, Belleza infinita, así de enterados estamos sobre ciertos submundos exquisitos de la edición— y presenta un formato muy diferente al de los libros de Noguera en Blackie Books (adiós a la tapa dura pero, eh, también al blanco y negro) aunque en él encontramos lo mismo de siempre: tontunas, ideas descabelladas, maestrías del pensamiento absurdo como una serie sobre Freud viviendo en la actualidad, pedos expulsados por las manos, la convivencia normalizada del demonio en la casa de El exorcista con el paso de los años, fantasmas que a pesar de su condición de espectros pueden darse coscorrones… así hasta el total de cincuenta ideas de las que únicamente no me ha gustado una —esa del aro de fango, que tenía demasiado texto y soy un gandul—, lo que hace otro libro excelente de uno de los mejores humoristas (y escritores, qué coño) del momento en nuestro país.



Abandonos


Trescientas páginas, que no son pocas, me he leído de la que para muchos —Harold Bloom sin ir más lejos, quien la considera una de las cuatro mejores novelas norteamericanas de la segunda mitad del s. XX— es la obra maestra de Philip Roth, un autor del que todo lo anterior que había leído (tampoco mucho, dos o tres libros siendo mi preferido El lamento de Portnoy) me había parecido excepcional. El teatro de Sabbath la escribiría su autor tras la muerte de dos buenos amigos —a los que está dedicada— y sintiéndose shakesperiano y viendo todo el asunto este de la vida humana como un continuo forcejeo entre la vida y la muerte —y el sexo como representante de la primera, como veis nada nuevo bajo el sol—, lo cual le hizo querer agrupar en un archivo de procesador de textos todas las reflexiones sobre el tema que le vinieran en mente, hilándolas alrededor de la vida ficcional de un carismático protagonista y haciendo que a una guarrada le sucediese otra hasta dar con quinientas páginas impresas (y llenas de guarradas) que bien podrían haber sido mil, dos mil o —venga, Roth, que tú puedes— cuarenta mil pero que en ningún momento dejan traslucir una mínima arquitectura literaria, una estructura a la que asir tanta reflexión erótico-trágico-festiva que logre dar el salto que vence el vacío inmenso que media entre unos sentimientos poderosos y unas reflexiones inteligentes y una obra de arte que con inteligencia y cuidado los recoja en un esqueleto narrativo meticulosamente planeado.


Decía todo el mundo que El mal de Montano era la mejor novela de Vila-Matas y resulta que no, que viene a ser una obra igual de decepcionante que casi todo lo que he leído de un autor que parece tocó techo en Bartleby y compañía y que después de esa (aún no he leído la supuestamente magnífica Historia abreviada de la literatura portátil) no ha hecho más que publicar libros con premisa irresistible para los ratones de biblioteca (en esta un protagonista enfermo de literatura, ¡cómo no caer!) pero también con un desarrollo aburridísimo que acaba por fastidiar las buenas ideas que le parecen sobrar a este señor (gracias a las cuales siempre le damos una nueva oportunidad). El caso es que El mal de Montano está dividido en varias partes y hasta la tercera me he llegado, lo cual ya me parece bastante porque estuve a punto de dejarlo varias veces en la primera de las divisiones, uno de los textos más tontos que he leído en mi vida (vampiros chilenos, viajes a las Azores, escritores ermitaños, taxistas malhumorados y yo qué sé qué más) y que solo parece tener sentido ficcional cuando en la segunda parte se nos dice que todo era mentira y que era una ficción que estaba escribiendo el narrador (omite el bueno de Vila-matas que era una mala ficción, con lo poco que le habría costado hacerlo). Esta segunda parte, que se titula “Diccionario del tímido amor a la vida” y que está formada más que nada por comentarios sobre los diarios de los tres o cuatro consabidos autores vila-matianos (autores que todo lector imbécil se apuntará y se leerá porque, eh, le gustan al escritor barcelonés más moderno) está sorprendentemente bien: tan bien que me decía a cada página que donde digo Diego decía Digo, digo… que me volvió a gustar El mal de Montano, leñe, y que me dio por pensar que lo que tendría que haber sido Vila-Matas es crítico literario y no novelista, optimismo este que se vino abajo cuando llegó la tercera parte en la que el lector es de nuevo arrojado al relato marco (con el escritor del libro de los diarios dando una teoría o una charla o no sé qué pijo en Budapest) y a las esposas femmes fatales y a las películas rancias —Vila-Matas nunca escoge del canon, ¡nunca!— y al hombre más feo del mundo (en serio: el personaje de Felipe Tongoy es una de las creaciones literarias más absurdas que he leído en mi vida) y ahí es donde Mike dice que doscientas y pico páginas ya son muchas páginas deambulando por el oscuro imaginario literario de Vila-Matas y que por lo menos de esta hemos sacado muchas citas guapas (ver abajo, al César lo que es del César) y que ya le volveremos a dar una oportunidad (“cómo no” dijo el masoquista) a un escritor del que no terminamos de entender su prestigio en las letras españolas.